


El apóstol Pablo, en Efesios 4: 11-13, describe aquellas áreas en las que este equipo divinamente constituido debe trabajar. La tarea ahora está en nuestras manos, somos los responsables y a la vez los privilegiados para tan honrosa misión. Cada uno de nosotros debe tomar esto en serio y disfrutar la labor multiplicadora. Esta es una experiencia relacional por medio de la cual una persona capacita a otros compartiendo los recursos que Dios le ha dado.
Así que la búsqueda de la perfección es:
Primero
Para la obra del ministerio
La perfección no es obra de un día, ni de un fin de semana. Tampoco es fruto de un retiro espiritual (si acaso los practicamos), sino un proceso que requiere esfuerzo, pasión, visión y paciencia. Es si usted quiere un trabajo de toda una vida; creo que el proceso empieza por buscar gente comprometida, comprometida con Dios por razón de su amor, comprometida con Cristo y su misión redentora, comprometida con la iglesia que es el instrumento escogido por Dios para ser luz en este mundo, comprometida con su familia que espera un fiel testimonio, y comprometida consigo misma para desafiarse todos los días a rendir más para gloria de Jesucristo. Después debe buscarse el crecimiento en el conocimiento bíblico, doctrinal, en la vida espiritual y devocional, en la consagración al servicio de los demás y en la lealtad y obediencia a su mentor y guía espiritual. Luego, como parte del proceso, buscar la madurez para que ni los éxitos lo envanezcan y se llene de soberbia, ni los fracasos y oposiciones le hagan tropezar. Finalmente, con humildad llevar frutos que den la gloria a Dios.
Segundo
Para la edificación del cuerpo de Cristo
Si alguna metáfora explicatoria de la naturaleza de la Iglesia puede ayudarnos para definir una filosofía de ministerio, es esta: la Iglesia como cuerpo de Cristo. Qué maravillosa diversidad existe en el cuerpo. Qué modelo de servicio al bien de los demás miembros que lo componen. Qué extraordinario trabajo realizan todos los miembros, que a pesar de la diversidad hay una coordinación perfecta para que cada uno trabaje para los demás. Por otro lado, no sólo es diversidad sino una perfecta unidad, un todo: un absoluto de Dios.
¿Cómo edificar el cuerpo de Cristo? Usando los dones que hemos recibido (Ro. 12:6-8; 1 Co. 12:13-25), andando y viviendo en el Espíritu (Gá. 5:16-25), usando nuestra fuerza espiritual para ayudar a los demás (Gá. 6:1-5). Enseñemos a edificar a nuestra gente, seamos perfectibles, seamos maestros con el ejemplo. Levantemos una generación de hombres santos que edifiquen la Iglesia del Señor, la cual es su cuerpo.
Tercero
Llegar al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo
Que se nos quite la idea de que nosotros podemos ser los modelos; superemos la tentación ególatra de sentirnos los mejores. Derrotemos todo falso concepto de superioridad que haya en nuestro corazón. El único modelo, el mejor y más grande modelo es Jesucristo; nadie tiene su estatura. El más grande de los hombres no es sino un cerillo encendido junto al sol cuando lo medimos con Jesucristo. La perfección tiene nombre, se llama Jesucristo. Nuestra misión entonces es multiplicar hombres santos semejantes a Cristo.
Nuestra iglesia nacional recién se ha reestructurado para que cada iglesia local haga crecer su estructura de trabajo, para que la visión no tenga limitantes, para que todos los que formamos el Concilio Nacional tengamos un lugar y la oportunidad de servir a Dios. En este sentido, en nuestro plan de trabajo está la celebración de un Congreso Nacional de Varones y nuestro lema será Alcanzar la Plenitud de un Varón Perfecto. Trabajemos para que esto sea una realidad en las Asambleas de Dios.
Pido a los pastores reproducir
este artículo y distribuirlo a los
varones de su iglesia.