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Definitivamente, todo avivamiento trasciende a la experiencia personal y produce resultados prácticos para la vida de la iglesia, tal como lo encontramos en el avivamiento de Hechos 2, donde se aprecia que uno de sus resultados, si no es que el más importante, es la acción evangelizadora que se traduce en iglecrecimiento. Así tiene que ser, porque el efecto inmediato en aquellos que tienen una conciencia profunda del perdón divino, es que lo cuentan a otros. ¿Cómo es que miles de personas se convirtieron en aquella ocasión? Fue el resultado directo de la transformación de discípulos nominales que se tornaron en creyentes de convicción, avivados, revestidos del fuego celestial. En nuestros días esta historia debe seguir siendo una realidad palpable en cada congregación: miembros recibiendo poder para evangelizar con pasión, pastores siendo dotados de un nuevo poder o una renovación de la autoridad de Dios en sus predicaciones, liderazgos emergiendo con visión y capacidad para el servicio.
En ocasiones alguna iglesia puede esforzarse en la evangelización y sentirse frustrada por el escaso resultado, como consecuencia de no estar experimentando un fresco y poderoso mover del Espíritu de Dios. En cambio, durante una visitación del poder de Dios no sólo el empuje inicial, sino también los resultados permanentes, serán marcadamente diferentes para alcanzar a los perdidos. No cabe duda que el mejor evangelista es el creyente cuando está bajo el influjo directriz del Espíritu Santo: su mensaje conducirá a las personas a entregar su vida a Dios.
El énfasis de la predicación de la iglesia primitiva debe ser todavía el nuestro: la predicación cristocéntrica. La resurrección de Jesús es el mensaje central del evangelio y una iglesia que ha experimentado el avivamiento no podría dejar de proclamar esta buena nueva a todo el mundo, aunque tal mensaje sea revolucionario y hasta incómodo para algunos, porque sacará a luz los pecados escondidos, echará por tierra las tradiciones humanas y conducirá a nuevas demandas en la esfera de servicio a Dios y al prójimo. Quizá por eso haya quienes lo resistan y se nieguen a reconocerlo, aunque con tal actitud es como decir que no quieren dejar a Dios ser Dios: soberano, santo y justo. Pero el mensaje de la Iglesia tiene que hablar en nombre del que la ha comisionado para predicar el evangelio a toda criatura, reconociendo el señorío de Dios sobre su pueblo y permitiendo que ejerza su soberanía también en aquellas áreas de la vida integral dañadas por el pecado.
Dejemos que el Espíritu de Dios nunca deje de ser el Señor de la Iglesia, de sus estructuras, de sus medios, de sus hombres, de sus recursos y potencialidades, guiándonos hacia un avivamiento verdadero, permanente, que nos conduzca a una evangelización y actividad misionera enérgicas, así como a la realización de obra social que repercuta en el mejoramiento de la sociedad, especialmente a favor de los más desvalidos. La iglesia contemporánea necesita moverse o seguirse moviendo dentro del avivamiento para poder hacer la obra que el mundo necesita y que Dios nos demanda: la proclamación del evangelio. Así, la declaración de Hechos 2:47 continuará siendo una palpitante realidad en el Concilio Nacional, y que el Señor siga añadiendo cada día a la iglesia los que han de ser salvos.

Pbro. Juan J. Pérez González

Avivamiento y evangelismo
Pbro. Juan J. Pérez González

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