


Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra (Lc. 10:38-42).
La ubicación geográfica de Betania, entre Jerusalén y Galilea, era estratégica. En los frecuentes viajes de Jesús se fue convirtiendo en un refugio plácido; decir Betania era decir abrigo, amistad y hospitalidad. El evangelista Lucas narra una ocasión en que Jesús llegó a esa aldea, para estar en casa de una familia constituida por tres hermanos, a los cuales llegó a tratar con amorosa familiaridad. En esta casa Jesús y sus discípulos siempre encontraron el calor de un hogar.
1. LA
FRATERNIDAD AMOROSA DE ESTE HOGAR
UNIDAD
Eran tres hermanos, y fueron siempre amigos de Jesucristo y del colegio
apostólico, Su sangre los unía, su amor los ligaba, hermanados
en criterios de moralidad, hospitalidad y piedad. Marta tal vez era la mayor
y fungía como dueña de la casa, María era la más
chica y Lázaro el querido y maravilloso hermano: todos unidos en
la preservación del hogar, en la vida piadosa y en el entrañable
afecto hacia Jesús y su evangelio.
DIVERSIDAD
Aunque todos estaban unidos entre sí y con el mismo afecto para su
Señor, sus personalidades los hacían diferentes. A Marta le
gustaba exteriorizarse, era cuidadosa con los detalles, diligente en el
trabajo, servicial con todos; jamás estaba desocupada, siempre amante
de la acción y del trabajo. En este sentido Marta representa y pertenece
a esa miríada de mujeres que en todo tiempo expresan su amor a Dios
en acciones tangibles. Aquellas de las cuales habló donosamente Teresa
de Jesús:
Si estuvieran embebidas todas, como María la de Betania,
No hubiera quien le diera de comer a tan majestuoso huésped divino.
¿Quién haría el millón de cosas que en los templos
del Señor necesitan
De esas manos santas y activas?
María se inclina por lo íntimo, gusta de la contemplación,
del meditar, de estar atenta, de todo aquello que enriquece la vida interior.
María ofrece a Dios su amor de complacencia, donde todo su ser apetece
y se deleita con la presencia del Amado, con el timbre de su voz y con la
sabiduría de sus enseñanzas. Esta dilección y preferencia
la hace ajena a los cuidados de Marta; se podría decir que María
representa a todos los místicos del cuerpo de Jesucristo.
Son dos hermanas, son dos mujeres, pero su psicología hace distinta
la expresión de sus amores. Mientras Marta hacía de su cocina
un santuario de acción, María hacía de la sala una
capilla, del suelo una banca, del sitio donde estaba Jesús, un púlpito,
y de ella una amorosa discípula, que con docilidad escuchaba la palabra
de vida.
2. LOS
DOS AMORES
El afecto que Marta siente por el Señor es distinto del que profesa
María. Va más allá del éxtasis, de la meditación
y del recogimiento: es activo. Encarna lo que dijo un enamorado de Dios:
El que te conoce a ti, se olvida de sí,
Y te ama a ti más que a sí.
Y se deja a sí, para servirte mas a ti.
Mientras que Marta era prácticamente de ese amor oblativo que no
se puede quedar ocioso: si se ama, se debe obrar; si no se obra y no se
hace, no es amor, a María la proximidad al Maestro le es primordial.
La que no puede sentarse a los pies de un rabino se deleita a las plantas
del Señor. Le es más provechoso cavilar, ponderar la verdad
de Dios.
No obstante, al no entender tales diferencias, Marta se queja. Pero ¿qué
mujer no se ha quejado de otra mujer? ¿O qué santa no ha visto
defectuosa a otra santa? Permítanme decir que Lucas presenta a dos
mujeres de carne y hueso, cuyos afectos no son negativos sino complementarios,
armónicos y edificantes.
Debe entenderse que las palabras de Jesús a Marta no significan el
triunfo de la vida contemplativa sobre la activa, sino que era necesario
instruir a Marta acerca de las prioridades: la importancia de lo espiritual
sobre lo corporal y terreno. Así, un teólogo lleno de conocimiento
es magnífico, pero uno lleno del Espíritu Santo es superior.
En la Iglesia del Señor necesitamos por igual a las martas que actúan
como a las marías con sus devociones. ¡Dios está con
estos dos amores!
Pbro. Gabriel Ortiz Ramírez