


1.
La ausencia de un diagnóstico
espiritual
Por diagnóstico me refiero al conjunto de signos o datos y síntomas
que sirven para identificar a un padecimiento o enfermedad. Este es el primer
paso; una vez definido el diagnóstico lo siguiente es confrontar a
la persona con su situación y ofrecerle las alternativas de solución
que promuevan su recuperación o, dado el tema que nos ocupa, el avivamiento.
Por iniciativa de los directivos nacionales, y en atención a informar
de la realidad que guardan las Asambleas de Dios en el país, fue enviado
a todos los distritos un cuestionario para levantar una estadística
de la situación de la obra, que permitiera establecer un diagnóstico
de las circunstancias espirituales de la iglesia. Anticipo que el margen de
error es escaso, ya que el trabajo se instrumentó a través de
los presidentes de Sección, quienes lo realizaron directamente con
cada uno de los pastores. Este censo contenía también preguntas
respecto al número total de creyentes, la asistencia al culto principal,
los bautizados en agua y en el Espíritu Santo. El resultado reveló
algo que es preocupante para el liderazgo y ministerio del Concilio: el porcentaje
de bautizados en el Espíritu Santo a nivel nacional es realmente bajo.
Veamos el siguiente ejemplo del Distrito Sur de Chihuahua: de la asistencia
total de creyentes al culto principal, sólo el 31% son bautizados en
el Espíritu Santo. Este indicador es claro, sólo 3 de cada 10
creyentes cuentan con tan glorioso experiencia, que sin duda es más
o menos el tenor en todo el Concilio Nacional.
Este diagnóstico evidencia una situación nada loable, sin embargo,
las alternativas para superarlo están a nuestro alcance, bien definidas
en las Sagradas Escrituras y experimentadas por los que nos antecedieren,
tal como lo señala la historia. De todos es conocida la célebre
frase utilizada por algunos de los pioneros: yo nací en el fuego, y
no me conformo con el humo.
2.
Una inadecuada actitud analítica
Es posible que el mucho tiempo en el ministerio, la escuela de la vida, la
preparación teológica y la inapropiadamente entendida consigna
de las Escrituras (los demás juzguen -1 Co. 14:19; Examinadlo todo
-1Ts. 5:21), hayan contribuido a crear una actitud inadecuadamente analítica,
que más bien descalifica según la visión particular de
la persona y no de acuerdo al tenor de la Biblia. De ser así, ¿no
estaremos apagando al Espíritu? No se ha preguntado por qué
son cada vez menos los bautizados en el Espíritu Santo? ¿Por
qué ya no hay tanta profecía en nuestras reuniones? ¿Por
qué no se dan como antaño las manifestaciones y dones del Espíritu
Santo? Indiscutiblemente que el equilibrio es lo mejor: seamos excesivamente
analíticos pero también ser excesivamente sensibles al mover
de Dios y del Espíritu Santo.
3.
Falta de vida devocional
El testimonio coincidente de quienes han experimentado un avivamiento del
Espíritu Santo señala a la necesidad de tener una vida de santidad
y consagración adecuada. El mensaje que los desafía es buscar
el genuino arrepentimiento, fundamentado en el mensaje divino: si se humillare
mi pueblo... y se convirtiere de sus malos caminos (2 Cr. 7:14). Esto significa
que el avivamiento está precedido por un llamado al arrepentimiento;
el arrepentimiento demanda perdón; el perdón implica la restitución
y demostración de un profundo cambio. Aiden W. Tozer destaca es sus
escritos sobre el tema del avivamiento la necesidad prioritaria e imprescindible
del arrepentimiento, más que la practica devocional de la oración
para el avivamiento. El afirma: A veces orar por un avivamiento no sólo
es inútil, sino equivocado. Lo que Dios demanda es una verdadera transformación
de la conducta de la congregación. Cuando no hay un verdadero arrepentimiento
puede ser uno de los más grandes impedimentos del avivamiento.
Así, el arrepentimiento debe ser precedido por la oración; no
existe posibilidad de avivamiento si no se cultiva en fuerte ambiente en el
ejercicio devocional de la oración, tanto individual como colectiva.
De nuevo Aiden W. Tozer sostiene: La oración por el avivamiento prevalecerá
siempre y cuando esté acompañada por la enmienda radical de
la vida, no antes. No conozco todavía un avivamiento que no esté
precedido por un fuerte espíritu o ambiente de oración.
Una encuesta realizada a 572 ministros angloamericanos dedicados al pastorado,
arrojó el siguiente resultado sobre su vida devocional:
9% ora una hora o más diariamente.
34% ora entre 20 a 60 minutos.
57% ora únicamente 20 minutos al día.
Así que el promedio de tiempo invertido en la oración de estos
572 ministros fue de ¡22 minutos al día! La oración debe
de ser práctica frecuente, profunda y sistemática en la vida
individual de cada pastor, y promocionada fuertemente para hacerla también
un hábito congregacional.
4.Falta
de visión
Cuando se define el perfil progresivo de los avivamientos se clasifican como
microavivamiento, macroavivamiento y avivamiento clásico. La premisa
fundamental del primero es: no se puede tener un avivamiento colectivo sin
que primero se experimente un avivamiento individual. En este sentido, sin
violentar la hermenéutica más propia, el mensaje del profeta
Ezequiel resulta inquietante: Y busqué entre ellos hombre que hiciese
vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la
tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé (Ez. 22:30). Me
permito afirmar que en el microavivamiento Dios siempre busca a un hombre
dispuesto, para posteriormente generar lo que conocemos como macroavivamiento.
La historia de la Iglesia está llena de diferentes avivamientos del
Espíritu Santo que se iniciaron por medio de un hombre que entendió
el desafió de Dios y obtuvo la visión adecuada.
Por
ello, es responsabilidad de todo ministro tener una adecuada visión
sobre el avivamiento. El hombre de Dios que recibe la visión adecuada,
prepara la plataforma para un gran avivamiento y, comprometiéndose
con Dios, pone en práctica los siguientes pasos, a la luz de 2 Crónicas
29:3-5).
Una actitud vertical de fidelidad a Dios.
Abre las puertas del culto para Dios.
Repara las puertas de la casa de Dios
Santifica el altar de la casa de Dios.
Limpia el servicio de adoración.
Restaura un adecuado ministerio.
Pbro. Salomón García Gil