


A mi inolvidable maestra de la EBDV:
No sé si finalmente podrás leerme, pero al menos estoy seguro que en mis pensamientos estarás presente para recibir las humildes letras que ahora te dedica el corazón de uno de aquellos miles de niños a quienes ministraste desde hace 40 años.
Temprano me localizaron para informarme lo que tu pastor me advirtió la semana pasada: el tiempo que se nos escapa como un suspiro te llevó en sus alas para no volver. Y aunque hice una escala momentánea para ofrecerte con mi cariñoso recuerdo el postrer adiós en El Divino Salvador, vuelvo ahora con mi pluma a los momentos de reflexión que tú te mereces y que a mí de vez en vez me hacen tanto bien.
Te recuerdo, con tu traje de marinera comandante, dirigiendo el navío de la escuelita de verano en el devocional matutino, frente aquella congregación de cientos de gargantas infantiles que cantaban: Tira a Alta Mar.
Te recuerdo, orando por un pequeño en la congregación, en los brazos de su madre, angustiada por que lo consumía la fiebre.
Te recuerdo, predicando: Mas de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo con tal que acabe mi carrera con gozo, como seguramente tu sueño ya se ha cumplido.
Te recuerdo, llegando a casa en Monterrey, primero que nadie, para orar conmigo y mis hermanos en el momento en que supimos que mi padre había entrado a la eternidad.
Así te recuerdo y siempre te recordaré. Otra vez gracias, por haber sembrado en nuestro corazón de niños la semilla evangélica.
Siento pena de que cada vez me quedan menos aquí de aquellos regalos que la gracia de Dios nos entregó. Pero me felicito de que en su tiempo, en vida, le contamos tu historia a todos los niños asambleístas mexicanos y sobre todo, de que ya nunca habrá sombras ni dolores para ti.
Algún día, cuando raye el alba de aquella primavera sin final, nos volveremos a ver.
Con cariño y gratitud.
Pbro. Enrique González Vázquez