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Ante todo, permítaseme expresar mi gratitud por la invitación que se me ha hecho para estar entre ustedes, compartir juntos el gozo en la presencia del Señor y escudriñar cuál sea la voluntad de Dios para nosotros hoy.
El tema que se me ha dado lleva por título La tradición apostólica. Bajo ese título podrían incluirse muchas cosas diferentes. Hay, por ejemplo, un libro que lleva por título La tradición apostólica, escrito por Hipólito a principios del siglo tercero; en otro ambiente, una conferencia sobre la tradición apostólica sería un estudio de ese libro. ¡Pero estoy seguro que no de eso se trata acá! O podríamos entender nuestro tema en el sentido de ver hasta qué punto se ha mantenido o se ha perdido la tradición apostólica a través de los siglos y preguntar, ¿somos o no continuadores de la tradición apostólica? Ese tema es mucho más interesante, y naturalmente tocaremos sobre él en algún momento, pero es un tema que tomaría mucho más del tiempo de que disponemos esta mañana. Así, un poco perplejo ante el sentido exacto de lo que se me pedía, me comuniqué con los líderes de esta conferencia, y gracias a ello creo poder entender cuál es la preocupación que les llevó a plantear este tema, y a pedirme que lo discuta con ustedes. En pocas palabras, el tema propuesto es un modo de acercarnos a la cuestión de la autoridad y el orden dentro de la iglesia, y más, porque en nuestros días ha aparecido toda una pléyade de personas que se dan el título de apóstoles, y con ese título reclaman para sí una autoridad parecida a la de los primeros apóstoles, declarando además que quienes no pertenezcan a su red apostólica no pertenecen tampoco, ni son fieles, a la tradición apostólica.
En otras palabras, se trata de la cuestión del orden y el gobierno de la iglesia, y de quién puede auténticamente reclamar para sí la autoridad apostólica o el título de apóstol. En esa preocupación por parte de sus líderes, veo un reflejo de la preocupación que Pablo expresa en 2 Corintios, particularmente en el capítulo 11. Al parecer, habían llegado a Corinto ciertas personas que reclamaban para sí una autoridad superior a la de Pablo, diciendo ser apóstoles, y pidiendo dinero entre los fieles. A ellos se refiere Pablo en el último versículo del capítulo 10, cuando dice: Porque el hombre digno de aprobación no es el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien el Señor alaba. Entonces, al principio del capítulo 11, se refiere a la iglesia de Corinto como desposada con Cristo, y se coloca a sí mismo en una posición semejante a la de un padre judío de aquel tiempo que se prepara a presentar su hija en casamiento, y que vela por su virtud. Así dice, en el versículo 2: Yo los he comprometido en casamiento con un solo esposo, Cristo, y quiero presentarlos ante él puros como una virgen.
Pero no todo anda bien. A Corinto han llegado unos predicadores que se las dan de ser más sabios, o más santos, o más poderosos, o más elocuentes que Pablo, pero que en realidad constituyen una tentación y no una bendición. Por ello, Pablo continúa: Pero temo que, así como la serpiente engañó con astucia a Eva, también ustedes se dejen engañar, y que sus pensamientos se aparten de la actitud sincera y pura hacia Cristo. Ustedes soportan con gusto a cualquiera que llega hablándoles de un Jesús diferente del que nosotros les hemos predicado; y aceptan de buena gana un espíritu diferente del que ya han aceptado. Pues bien, yo no me siento inferior en nada a esos superapóstoles que vinieron después.
Nótese en este pasaje el contraste entre el solo esposo, Cristo, que Pablo ha predicado y ante quien espera presentar a la novia pura y sin mancha, y el Jesús diferente, el espíritu diferente y el evangelio diferente de estos superapóstoles. El modo en que los superapóstoles funcionan es precisamente dando la impresión de que ellos sí saben quién es Jesús, que ellos sí tienen el Espíritu, que el evangelio que ellos proclaman es mejor que el de Pablo.
Luego, la diferencia entre el verdadero apóstol, Pablo, y estos superapóstoles es ante todo doctrinal. Pero hay también una diferencia práctica: Pablo no pide dinero de los corintios, ni se enriquece a costa de ellos. Por ello dice: ¿Será que hice mal en anunciarles el evangelio de Dios sin cobrarles nada, humillándome yo para enaltecerlos a ustedes? Tratemos entonces de la diferencia teológica y doctrinal, para luego volver sobre la diferencia práctica, y por último ver la relación entre ambas.
Primero, en cuanto a la diferencia teológica y doctrinal. Pablo y la iglesia antigua tuvieron que luchar constantemente contra falsas doctrinas que se arropaban con el nombre de Cristo, pero que en realidad eran una negación del evangelio. Entonces, como hoy, había siempre quienes querían superar a los predicadores del evangelio proclamando lo que decían ser un evangelio superior, o más estricto, o más espiritual. El ejemplo clásico lo tenemos en la epístola de Pablo a los gálatas, donde dice (Gá. 1:6-9): Estoy muy sorprendido de que ustedes se hayan alejado tan pronto de Dios, que los llamó mostrando en Cristo su bondad, y se hayan pasando a otro evangelio. En realidad no es que haya otro evangelio. Lo que pasa es que hay algunos que los perturban a ustedes, y que quieren trastornar el evangelio de Cristo. Pero si alguien les anuncia un evangelio distinto del que ya les hemos anunciado, que caiga sobre él la maldición de Dios, no importa si se trata de mí mismo o de un ángel venido del cielo. Lo he dicho antes y ahora lo repito: Si alguien les anuncia un evangelio diferente del que ya recibieron, que caiga sobre él la maldición de Dios.
Nótese que aquí también, como en 2 Corintios, el problema es un evangelio diferente. Pablo insiste en que no hay sino un evangelio: el que él ha anunciado. Los que han venido a la región de Galacia perturbando a los creyentes son unos pretendidos superapóstoles que predican un pretendido superevangelio en el que la salvación no es por la gracia de Cristo, sino por las obras de los creyentes, sujetándose a la ley. Pero ese supuesto evangelio, con todo y parecer ser un superevangelio, es invención humana, es obra de estos falsos apóstoles, en contraste con el verdadero evangelio que, como Pablo dice, no es invención humana (Gá. 1:11). Este supuesto superevangelio, según el cual la salvación es por la santidad propia, es en realidad un contraevangelio, pues, como el propio Pablo afirma: si se obtuviera la justicia por medio de la ley, Cristo habría muerto inútilmente (Gá 2:21).
A través de toda la historia, ésta ha sido una de las tentaciones más frecuentes entre los creyentes: no estar dispuestos a aceptar el don de Dios, la salvación gratuita de Dios, y querer inventarnos otros requisitos, otros medios por los cuales alcanzar la salvación. En la Edad Media fue todo el sistema penitencial de la iglesia, toda la teoría según la cual los creyentes obtenían méritos por sus buenas obras, y la salvación era gracias a esos méritos. Hoy es siguiendo alguna doctrina particular, uniéndose a esta iglesia en lugar de aquella, adorando de esta forma en lugar de otra, creyendo a este apóstol en lugar de aquel. Pero todo esto no son sino supuestos evangelios que los humanos nos inventamos para no aceptar la locura del verdadero evangelio, la locura del poder de la cruz, que es más poderoso que cualquier poder humano, la locura de la sabiduría de la cruz, que es más sabia que la de cualquier superapóstol.
La otra tentación, el otro modo en que los cristianos nos hemos creado supuestos superevangelios, frecuentemente pregonados por algún supuesto superapóstol, es pretender tener un evangelio más espiritual, menos involucrado en las duras y difíciles realidades de la existencia material, temporal y física. Esto apareció bien pronto en la vida de la iglesia antigua, Por ello había quien pretendía que Jesús era un ser puramente espiritual, que no tenía cuerpo físico, o que su cuerpo no estaba hecho de carne como la nuestra. Tal doctrina pronto recibió el nombre de docetismo, que viene de una palabra que quiera decir apariencia, pues según ella el cuerpo físico de Jesucristo era pura apariencia.
Contra esas doctrinas, los primeros cristianos tuvieron que luchar arduamente, ya desde tiempos del Nuevo Testamento. Es por eso que en 1 de Juan 4:2 y versículos siguientes, aparecen las siguientes palabras: Queridos hermanos, no crean ustedes a todos los que dicen estar inspirados por Dios, sino pónganlos a prueba, a ver si el espíritu que hay en ellos es de Dios o no. Porque el mundo está lleno de falsos profetas. De esta manera pueden saber quién tiene el Espíritu de Dios: todo el que reconoce que Jesucristo vino como hombre verdadero, tiene el Espíritu de Dios. El que no reconoce así a Jesús, no tiene el Espíritu de Dios; al contrario, tiene el espíritu del Anticristo.
Al leer este pasaje, es importante señalar que no todo lo que se dice ser espiritual es de Dios. Hay, sí, un Espíritu de Dios, al cual los creyentes le debemos todo cuanto somos y todo cuanto podemos. Pero hay también el espíritu del Anticristo, y nótese que estos dos no se distinguen porque el uno sea espiritual y el otro material. No, al contrario, son dos espíritus, el uno verdadero y el otro falso. Aunque hasta aquí he venido citando la Versión Popular, posiblemente en este pasaje la versión Reina Valera nos ayude más, pues es un poco más literal: En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo. En otras palabras, que la diferencia entre el espíritu de Dios y el espíritu del Anticristo está en que uno confiesa que Jesucristo es venido en carne, y el otro no. El Espíritu de Dios nos lleva a un Jesús que vivió en la carne, con un cuerpo como el nuestro, con necesidades como las nuestras. El espíritu del Anticristo se inventa un Jesús que no vivió en la carne, un Jesús puramente espiritual, ultramundano, que no tiene nada que ver con nuestros cuerpos y nuestros dolores, que no sufre como nosotros.
Este docetismo es una doctrina que la iglesia rechazó repetidamente, pero que constantemente está tratando de buscar el modo de reintroducirse entre los cristianos, precisamente porque es el espíritu del Anticristo. Lo peor del caso es que a través de la historia ese espíritu docético ha invadido la vida de la iglesia, aun cuando en términos formales se ha confesado o se ha dicho que Jesucristo vino en carne. Así, por ejemplo, tiempos y lugares hubo en que los cristianos, al tiempo que decían que Jesucristo había venido en carne, pensaban que el mejor modo de servirle era apartándose de la carne, del cuerpo y sus necesidades. Por ello hubo quienes pensaron que el mejor modo de seguir a Jesucristo era dedicándose a la meditación y la contemplación, olvidándose del mundo físico y de sus necesidades, escondiéndose en un monasterio o en la gruta de un anacoreta. Pero no se percataban que al hacer tal cosa, aunque con la boca dijesen que si creían que Jesucristo había venido en carne, con la vida proclamaban y servían a otro Jesucristo, como si Dios, en lugar de hacerse carne y venir a vivir entre nosotros, nos hubiese hablado desde el séptimo cielo, o como si la santidad de Jesucristo no hubiese sido santidad en el cuerpo, santidad vivida en medio del pueblo, compartiendo y aliviando los dolores y las miserias de ese pueblo. Quien desprecia el cuerpo humano, este cuerpo que Jesús dignificó con su presencia, o bien desprecia a Jesús, o bien secretamente se niega a confesar que Jesucristo vino en tal cuerpo, y sigue por tanto, como diría Juan, el espíritu del Anticristo.
No pensemos que tal tentación existe sólo entre las iglesias que tienen monasterios, o donde se practica la vida contemplativa de los monjes. Existe también entre nosotros, cuando pensamos que Jesucristo solamente se preocupa por las almas de las gentes, que basta con que crean para que vayan al cielo, como si Jesús no hubiese venido en carne. En esto también algunos de los superapóstoles de hoy no parecen seguir el Espíritu de Dios, que confiesa que Jesucristo es venido en carne, sino más bien el espíritu del Anticristo. Hoy que la palabra espiritualidad se ha puesto de moda, y todo el mundo busca el modo de ser espiritual, algunos superapóstoles se han inventado un superevangelio superespiritual, que no tiene nada que ver con nuestros cuerpos y nuestros sufrimientos, con el hambre y la injusticia, con el dolor, con la muerte y la ansiedad.
En este sentido, las Asambleas de Dios son de admirar, pues a través de toda la historia se han distinguido por su interés en la persona integral, orando no sólo por la salvación de las gentes, sino también por la sanidad física, y ocupándose no sólo de que crean, sino también de que coman, de que tengan qué vestir.
Empero, hay otro modo en el que a veces negamos que Jesucristo vino en carne. Venir en carne es estar sujeto a los dolores e incertidumbres de esta vida. Jesucristo no sólo se encarnó, sino que también sufrió. Hoy también hay unos superapóstoles según cuyo superevangelio quien tiene fe tiene todos los problemas resueltos. La fe no es entonces confianza en Dios, sino que es mucho más que eso. La superfe de este superevangelio garantiza la prosperidad, la comodidad, la salud, y que todo nos va a salir como nosotros deseamos. Pero esa no es la fe del Espíritu de Dios, que confiesa que Jesucristo vino en carne. Jesucristo vino en carne, y en carne sufrió la más cruel e injusta de las muertes. Sus apóstoles sufrieron persecución, cárcel, azotes y muerte. Pablo murió decapitado. Pedro, al parecer crucificado. Otros fueron apedreados. Su fe no era la superfe del superevangelio que nos promete bienestar, prosperidad y éxito, sino que era la verdadera fe del verdadero evangelio, la fe que se describe en el famoso pasaje de Hebreos 11, que cito según el conocido texto de Reina Valera: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. El pasaje sigue dando una larga lista de quienes vivieron por fe: Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, José, Moisés, y otros, y termina con un bello e inspirado resumen: Todos ellos, por fe, conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección... Hasta aquí, todo suena muy feliz, como si la fe fuera la panacea del éxito, la promesa de la prosperidad, la garantía de toda clase de bienestar. Pero el texto continúa: Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados... El texto continúa, y les invito a leerlo luego con más detenimiento. Pero el punto importante es que tanto quienes evitaron filo de espada como quienes murieron a filo de espada lo hicieron por fe. Quien murió por la espada no tuvo menos fe que quien por la misma fe se salvó de la espada. Quienes fueron aserrados no tuvieron menos fe que quienes taparon bocas de leones.
La fe que se describe en Hebreos es una fe que lleva a la obediencia, la fe que unas veces produce sanidad y otras lleva al sacrificio; la fe que unas veces nos libra del dolor y otras nos invita al sacrificio y al dolor. No es la superfe del evangelio de la prosperidad, que todo lo soluciona y nada requiere. Es la fe de Jesucristo venido en carne, quien en carne sudó sangre, quien en carne llevó una corona de espinas, quien en carne sufrió oprobios y fue crucificado. Es la fe de Pablo, quien tres veces rogó que le fuese quitada la espina que llevaba en la carne, y quien por fe recibió respuesta a su oración: Bástate mi gracia.
El verdadero apóstol de tal fe sabe que la fidelidad no se mide en términos de éxito, ni de popularidad, ni de prosperidad. Si no, recordemos el conocido pasaje en Mateo 16, donde Pedro declara que Jesús es el Mesías, y Jesús le responde: Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia... Inmediatamente después de esos hechos, Jesús comienza a hablarles a los discípulos acerca de los sufrimientos que le esperan en Jerusalén, y Pedro trata de disuadirle de ir a Jerusalén. Entonces Jesús increpa a Pedro, al apóstol Pedro, al mismo a quien acababa de decir, te daré las llaves del reino de los cielos, y le dice ahora: ¡Apártate de mí, Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres. De momento Pedro, el discípulo inspirado que poco antes confesó a Jesús como el Cristo, el hijo de Dios, ahora pretende que haya un evangelio sin cruz, un evangelio sin sufrimiento es decir, un evangelio de pura dicha y prosperidad. ¡Y a este apóstol de quien más tarde algunos harían el primero de los apóstoles, una especie de apóstol por encima de los demás, Jesús le llama Satanás!
Pero la historia se repite. A los humanos nos gusta el premio sin sufrimiento, la victoria sin sacrificios, la resurrección sin la cruz, y por eso repetidamente nos hemos inventado una especie de superevangelio del triunfo, de las riquezas y de la prosperidad. Y algunos se han hecho portavoces de tal evangelio, como unos superapóstoles que no tienen que sufrir persecución como los primeros cristianos, ni cárcel como Pablo, ni muerte como Pablo, Pedro y Juan, sino que sencillamente se dedican a predicar su superevangelio y vivir bien a costa de él.
Es contra todo esto que Pablo, verdadero apóstol, lucha en 2 Corintios 11, al referirse a los superapóstoles. Lo que está en juego no es una mera cuestión de control. Pablo no está preocupado porque le van a llevar los fieles. En otro pasaje, en Filipenses 1:15-18, muestra que le preocupa no quién controla a los creyentes, ni siquiera la motivación de los predicadores (Es verdad que algunos que anuncian a Cristo por envidia y rivalidad, pero otros lo hacen con buena intención. Algunos anuncian a Cristo por amor, ...pero otros lo hacen por interés personal, y no son sinceros. ...Pero ¿qué importa? De cualquier manera, con sinceridad o sin ella, anuncian a Cristo; y esto me causa alegría), lo que preocupa a Pablo no es quién va a dirigir a los fieles, ni a quién tendrán por líder o por apóstol, sino el peligro de que estas personas a quienes él llama superapóstoles descarríen al rebaño. Por ello, como él dice en el pasaje de 2 Corintios que venimos estudiando, su interés está en presentar a los creyentes, a la iglesia, ante su único esposo, Cristo, y no ante un Jesús diferente, con un espíritu diferente, y en base a un evangelio diferente.
Tales son las preocupaciones doctrinales o teológicas que llevan a Pablo a rechazar a los superapóstoles que han llegado a Corinto.
Las razones prácticas se relacionan estrechamente con las teológicas. En el caso de Corinto, los supuestos superapóstoles han llegado buscando dinero. Por ello, en el versículo 7 Pablo se pregunta irónicamente: ¿Será que hice mal en anunciarles el evangelio sin cobrarles nada? Luego dice: Y cuando estando entre ustedes necesité algo, nunca fui una carga para ninguno; pues los hermanos que llegaron de Macedonia me dieron lo que necesitaba.
En este contexto, es importante notar que, aunque Pablo estaba continuamente recogiendo dinero entre los fieles, nunca lo hacía para sí mismo, sino para los necesitados en Jerusalén. El dinero que le mandaron los hermanos de Macedonia él nunca lo pidió, aunque sí lo agradeció. Y nunca fue tanto que Pablo pudiese vivir holgadamente, sino que siempre se sostuvo a sí mismo en su humilde oficio de fabricante de carpas. Pablo no fue a Corinto, ni fundó una iglesia en Corinto, para que le diese dinero, sino todo lo contrario.
Pero ahora han llegado estos superapóstoles que no solamente predican un evangelio diferente, sino que lo predican de modo diferente. Lo predican a modo de negocio. Su propósito no es tanto llevar a las gentes a la nueva vida mediante el evangelio, sino ellos mismos vivir del evangelio.
Algo semejante sucede con los superapóstoles de la epístola a los Galátas, acerca de los cuales Pablo declara con fuertes palabras: Esa gente tiene mucho interés en ustedes, pero no son buenas sus intenciones. Lo que quieren es apartarlos de nosotros, para que luego ustedes se interesen por ellos.
Hay una conexión estrecha entre las doctrinas de los diversos superevangelios y las prácticas y propósitos de los superapóstoles que las pregonan. A Galacia llegó la predicación de un pretendido superevangelio que decía requerir más pureza y santidad que el evangelio predicado por Pablo, un superevangelio de la salvación mediante el cumplimiento de la ley, y por tanto un superevangelio que era una realidad un infraevangelio, un supuesto evangelio inferior al verdadero. Y los superapóstoles que predicaban ese supuesto superevangelio lo hacían por interés propio, según Pablo mismo indica. A Corinto llegaron otros superapóstoles, también predicando su supuesto superevangelio o, como dice Pablo, predicando un evangelio diferente, con un Jesús diferente, y con un espíritu diferente.
Pero ese evangelio diferente lleva también a prácticas ministeriales diferentes. Si, por ejemplo, se trata del superevangelio del éxito y la prosperidad, de un evangelio sin cruz y sin sufrimiento, de un evangelio según el cual todo le sabe bien al creyente, entonces la fidelidad de los apóstoles de tal evangelio deberá manifestarse en éxito y prosperidad. Y, precisamente para alcanzar ese éxito y prosperidad, los superapóstoles de este superevangelio, los nuevos apóstoles de este nuevo evangelio, tendrán que exigir que se les pague bien, que se les ofrenden casas y automóviles, tendrán que lucir broches de diamantes y cadenas de oro, porque todo esto, todas estas señales de prosperidad, son entonces también señales de fidelidad y de bendición. Y si, por el contrario, estos nuevos apóstoles tienen poco para vivir, quizá hasta trabajando con sus manos como el apóstol Pablo, entonces eso es señal de que no son fieles, y de que por tanto Dios no los bendice.
Así, la doctrina se manifiesta en la práctica, y la práctica en la doctrina.
A través de toda su historia, la iglesia ha vivido en la tensión constante e irresoluble entre su vida como institución y su vida como pueblo peregrino; entre las necesidades de afirmar y retener lo que Dios ha hecho en el pasado, y la necesidad de afirmar también lo que Dios está haciendo en el presente; entre el peligro de volverse una iglesia muerta, que vive solamente de su pasado y su tradición, y el peligro de volverse una masa amorfa, donde cada cual afirma su propia visión, cada cual hace lo que le parece, y se pierde todo sentido de cohesión o de comunión dentro del cuerpo de Cristo. Esta es la lucha de Pablo en los textos que venimos estudiando. Pero la lucha no termina con Pablo y su generación.
Esto se plantea bien pronto en la vida de la iglesia, con la necesidad de distinguir entre los verdaderos y los falsos profetas. Durante sus primeros años de vida, la iglesia no tenía una organización clara y definida. En algunos casos los apóstoles habían dejado a ciertas personas, como a Tito y a Timoteo, a cargo de las nuevas comunidades de fe. Pero también había por todas partes profetas, muchos de ellos ambulantes, que iban de un lugar a otro proclamando el evangelio. (Aquí conviene aclarar que en su sentido original la palabra profeta no se refiere principalmente a quien predice el futuro, sino sencillamente a quien habla en el nombre de Dios. En el Nuevo Testamento profetizar es predicar, y el don de profecía no implica necesariamente el don de predecir el futuro.) La labor de estos profetas era importante, pues llevaban el mensaje a lugares donde no se conocía, y además servían de vínculo entre las iglesias en distintos sitios, que muchas veces no tenían más contacto que los de estos profetas ambulantes.
Pero, como sucedía ya en tiempos de Pablo, y como sucede hasta el día de hoy, no todos esos profetas edifican el cuerpo de Cristo. Algunos, como los superapóstoles de que Pablo habla, predicaban doctrina nueva, confundían a los fieles y dividían la iglesia. Puesto que la mayoría de los primeros cristianos eran gente humilde, sin muchas perspectivas de mejoría económica, algunos comenzaron a tomar la función de profeta ambulante, y a veces el título de apóstol, como un modo vivir y posiblemente de vivir mejor de lo que de otro modo les hubiera sido posible. Ya Pablo tuvo que enfrentarse a esto, y por eso contrasta su ministerio, que pide poco de los fieles, y que lo que pide es para los pobres, con el ministerio de los superapóstoles, que no sólo viven de la predicación con lo cual Pablo no tendría problemas, pues el obrero es digno de su salario y no pondrás bozal al buey que trilla sino que se dan buena vida a costa del evangelio y de los pobres que les dan de lo poco que tienen. Este problema, que existía en tiempos de Pablo y continúa hasta el día hoy, sospecho que es una de las razones por las que se me ha encomendado el tema para esta ocasión.
Las primeras soluciones que se le dieron a este problema fueron prácticas, sencillas y hasta cierto punto simplistas. Así, por ejemplo, la llamada Didajé o Doctrina de los doce apóstoles, que es un documento al parecer escrito en Siria a fines del siglo primero, une los títulos del apóstol y profeta, y dice:
Respecto a apóstoles y profetas, obrad conforme a la doctrina del evangelio.
Ahora bien, todo apóstol que venga a vosotros, sea recibido como el Señor. Sin embargo, no se detendrá más que un solo día. Si hubiere necesidad, otro más. Mas si se queda tres días, es un falso profeta. Al salir el apóstol, nada lleve consigo, si no fuere pan, hasta nuevo alojamiento. Si pide dinero, es un falso profeta (Didajé 11.3-6).
En otras palabras, el modo práctico de distinguir el verdadero del falso apóstol es muy sencillo: el verdadero apóstol no pide para sí, y no se enriquece a costa del evangelio, sino que vive a un nivel de subsistencia. Si se hace rico, o busca hacerse rico, no es apóstol.
Pero la cosa no es tan sencilla. Por un lado, quien habla en nombre del Señor merece respeto, al menos hasta tanto se pruebe lo contrario. Por otro lado, hay que tener cuidado de no dejarse engañar. Por ello, la Didajé misma continúa con dos principios al parecer contradictorios:
No tentéis ni examinéis a ningún profeta que habla en espíritu, porque todo pecado será perdonado, mas este pecado no se perdonará (11.7).
Pero a renglón seguido hace la advertencia contraria:
Sin embargo, no todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene las costumbres del Señor. Así, pues, por sus costumbres se discernirá al verdadero y al falso profeta (11.8).
En resumen, la Didajé parece decir que a quien se presenta como profeta o apóstol se le ha de escuchar, y hasta de prestar alojamiento por un día; pero que hay que tener cuidado de los falsos profetas o apóstoles que se dedican a explotar a los creyentes, alojándose en sus casas por largo tiempo, o pidiéndoles dinero. La medida del verdadero representante del Señor está en su vida como seguidor de un Señor que no tenía dónde recostar la cabeza, y que dio su vida por los demás.
Empero, con esto no basta. El falso profeta es falso, no solamente porque sus prácticas explotan la credulidad de los fieles, sino sobre todo porque sus enseñanzas no son siempre correctas. Como hemos visto en los pasajes del Nuevo Testamento que hemos estudiado, y como se ve también en muchos otros, desde muy temprano comenzaron a aparecer doctrinas y teorías que tergiversaban la fe.
Estos falsos maestros eran muchos. A manera de ejemplo, citemos el caso de Marción. Marción se había criado dentro de la iglesia cristiana, pues su padre era obispo o pastor de una ciudad en las orillas del mar Negro. No era por tanto un falso maestro que venía de afuera, sino que más bien mostraba que Pablo tenía razón cuando les dijo a los ancianos en Mileto: Aun entre ustedes mismos se levantarán algunos que enseñarán mentiras para que los creyentes les sigan (Hch. 20:30).
Marción no estaba satisfecho con el evangelio que se predicaba en la iglesia, y por tanto se inventó una especie de superevangelio, que pretendía ser más espiritual que el evangelio tradicional, y que pretendía ser mejores nuevas que las buenas nuevas del evangelio.
Según Marción, el contraste entre lo material y lo espiritual es tal que lo único que importa es lo espiritual. Lo que es más, todo este mundo con su materia no son creación del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que jamás hubiera hecho una cosa tan defectuosa, sino que son obra de otro dios inferior, del dios de los judíos y del Antiguo Testamento, Jehová. Jehová no es el Padre de Jesucristo. Jehová es un dios justiciero, que quiere y exige que todo el mundo le obedezca, y que con ese propósito da la Ley. Pero el Padre de Jesucristo es un dios de amor, que perdona por pura gracia, que no anda requiriendo que las gentes le obedezcan. Fue Jehová, el dios inferior, el que hizo el mundo y su materia. Todo esto no lo entendieron los primeros cristianos, sino solamente Pablo, quien fue el apóstol de la gracia, anunciando el perdón de Dios, el amor sin límites del Padre de Jesucristo. Eso es el evangelio: el mensaje de que Dios no es un Dios de justicia, sino de amor.
Además, puesto que la materia es mala, y todo este mundo material está bajo el dominio de Jehová, el dios de la Ley, de la justicia y de la venganza, Jesús no vino en un cuerpo físico, lo cual le habría colocado bajo el poder de Jehová. Tampoco nació, por la misma razón. No, sino que Jesús era un ser puramente espiritual, que apareció en tiempos del emperador Tiberio, revestido de un cuerpo ilusorio, puramente espiritual.
En consecuencia, Marción rechaza todo el Antiguo Testamento. En cuanto al Nuevo, solamente acepta las epístolas de Pablo y el evangelio de Lucas, por haber sido acompañante de Pablo. Pero aun estos textos no los acepta en su totalidad, pues hay en las epístolas paulinas, así como en el evangelio de Lucas, muchísimas referencias al Antiguo Testamento, a la Ley de Dios, a la justicia de Dios y a otras cosas que Marción no puede aceptar. Todo esto, decía Marción, no era parte del texto original, sino que eran interpolaciones añadidas por elementos judaizantes, tratando de establecer una relación entre el Antiguo Testamento y el evangelio, cuando en realidad la única relación que hay entre ambos es de oposición.
Impulsado por el supuesto descubrimiento de este evangelio paulino de la pura gracia, Marción se dedicó a predicarlo entre las iglesias. A quienes se dejaban convencer, los organizó en una red de iglesias marcionitas, en contraposición y conflicto con el resto de las iglesias, y pretendiendo que solamente ellas, las iglesias marcionitas, eran fieles al evangelio de Jesucristo. Hay mucho más que podría decirse acerca de Marción. Pero con esto basta para señalar algunas de las características, no sólo del marcionismo, sino de muchos otros movimientos semejantes que han aparecido desde entonces.
Así, en primer lugar, bien podría dársele a Marción el título irónico que Pablo les da a los supuestos superapóstoles de Corinto. Marción es un superapóstol porque ha descubierto lo que según él ni siquiera los otros apóstoles supieron o si lo supieron, no lo dejaron dicho de manera clara, de modo que fue necesario que llegara Marción para descubrir el verdadero carácter del evangelio.
Esto también sucede hoy, cuando proliferan movimientos y superapóstoles que dicen haber descubierto en las Escrituras, o haber recibido por revelación directa del Espíritu Santo, nuevas verdades que hasta ahora han estado escondidas de todo el resto de la iglesia. Así, hay quien ha descubierto una nueva clave para entender las Escrituras. En algunos casos es un número misterioso, que al aplicárseles a las Escrituras arroja revelaciones inauditas. En otros casos, es un sistema de dispensaciones que alguien en el siglo diecinueve elucubró, y que ahora sí lo explica todo en la Biblia. Los ejemplos son muchos, y cualquiera que ande por esos vastos campos de nuestra América los conocerá en abundancia.
En segundo lugar, lo que Marción decía haber descubierto era una especie de superevangelio. Lo que la iglesia predicaba eran las buenas nuevas, pero ahora Marción predica mejores nuevas. La buena nueva es que el Dios cuya Ley repetidamente hemos violado perdona nuestros pecados. La mejor nueva, el superevangelio, es que la Ley no tiene nada que ver con Dios; que Dios no exige; que Dios está ahí sencillamente para amar y para dar. Así, el superevangelio de Marción es una promesa de bienaventuranza sin obligación, de reino sin juicio, de amor sin justicia, de puro gozo y más gozo.
El mensaje de Marción es también un superevangelio porque es superespiritual. El mundo físico para nada importa. El cuerpo para nada importa. Los dolores físicos, el hambre, la opresión, la explotación, para nada importan. Todo eso es cuestión de Jehová. El verdadero evangelio, el superevangelio de Marción, es puramente espiritual. Vamos al cielo, que es de nuestro Padre. La tierra es de Jehová, el dios inferior. Somos seres superiores, hijos del Dios supremo. El mensaje del Antiguo Testamento nada tiene que ver con el nuestro, pues es demasiado físico y terrenal. El evangelio del resto de la iglesia, el evangelio de los evangelistas, no es lo suficientemente espiritual. El nuestro sí es verdadero evangelio, verdaderamente espiritual. Tal es el superevangelio del superapóstol Marción.
Hoy también hay otros superevangélicos parecidos. Al igual que el superevangelio de Marción predica la salvación sin posibilidad de condenación, y el amor de Dios sin la justicia de Dios, así hay hoy un superevangelio de la prosperidad, que predica la bendición sin santificación. Según ese superevangelio, Dios está ahí para darnos lo que deseemos; no para esperar, y mucho menos exigir, que lo obedezcamos. Lo que se predica entonces no es la distancia que como pecadores nos separa del Dios santo, y la maravilla del perdón y del amor de Dios, aun en medio de nuestra maldad. Lo que se predica es más bien un dios cuya función es responder a todo lo que le pedimos, como un padre que malcría a sus hijos, o como muchos de los antiguos ídolos que decíamos rechazar. Esto sí es un gran evangelio, un superevangelio con las superbuenas nuevas de que prácticamente tenemos a Dios en el bolsillo, para que sirva a nuestros antojos. O, si no le tenemos en el bolsillo, el superapóstol que dirige el movimiento sí le tiene en el bolsillo, y todo lo que tenemos que hacer es llenar el bolsillo del superapóstol para que Dios haga lo que queremos.
Por otra parte, también hay el superevangelio de la superespiritualidad. Así hay líderes que se dan el título de apóstoles, reclamando que lo que les da derecho a ese título es una revelación especial, o una espiritualidad particularmente profunda o particularmente santa, o particularmente bendecida.
Y, como es bien sabido, en nuestra América con frecuencia esos superevangelios de la prosperidad se han apropiado de las tácticas modernas del mercadeo, con las cuales la iglesia del superevangelio de la prosperidad se vuelve a veces un supermercado de bendiciones. Así, por ejemplo, del Brasil nos llega una iglesia que crece como la espuma a base de prometer bendiciones, y de decirle al pueblo que, gracias a su superevangelio, ya nadie tiene que sufrir como si Jesucristo no hubiese muerto en la cruz, o como si Pablo no hubiera tenido una espina en la carne.
En tercer lugar, si Marción fue un superapóstol que predicó un superevangelio, también fundó una superiglesia. La iglesia que predicaba el viejo evangelio ya no bastaba. Por ello, Marción fundó su propia iglesia, su propia red de obispos marcionistas, que no aceptaban la validez de ninguna otra iglesia, sino que las veían como una gran amenaza para el cristianismo ortodoxo. Marción no solamente enseñó doctrinas nuevas y particulares, sino que además les dio cuerpo estructural en una iglesia marcionista, creada en oposición al resto de la iglesia. Esa iglesia marcionista pretendía que solamente ella tenía el verdadero evangelio. Bien podría decirse entonces que el superapóstol Marción organizó a los seguidores de su superevangelio en una superiglesia.
Hoy también sucede algo parecido. Siempre ha habido dentro de la iglesia quien ha propuesto nuevas doctrinas. En muchísimos casos esto ha llevado a cismas y al nacimiento de nuevas denominaciones. Eso es trágico, aunque quizá inevitable. Pero en algunas ocasiones los proponentes de las nuevas iglesias han ido más lejos, declarando, o al menos dando a entender, que solamente sus iglesias tienen el verdadero evangelio. Luego no son solamente superapóstoles que predican un superevangelio de éxitos y de prosperidad, sino que también forman superiglesias que niegan la validez de otras iglesias, como si solamente ellas tuvieran la verdad. Y a veces, al igual que Marción, crean sus redes de iglesias con las cuales guardan comunión, y rechazan todas las demás.
La pregunta que entonces se impone, precisamente porque puede sernos de ayuda hoy, es: ¿Cómo respondió la iglesia antigua a retos como el de Marción?
Lo primero que la iglesia hizo fue desarrollar todo un sistema de educación y preparación de sus miembros, para que no estuviesen sujetos a todo viento de doctrina. Es interesante notar que, mientras en el libro de Hechos las gentes se bautizan tan pronto creen, y hasta se bautizan en masa por millares, bien pronto la iglesia abandonó esa práctica. Los primeros conversos venían de un trasfondo judío. Conocían la historia bíblica. Conocían los mandamientos de Dios. Llevaban toda una vida aprendiendo acerca de esos mandatos, del Dios creador de todo cuanto existe, del Dios en cuyas manos está la historia, del Dios que ahora había cumplido su promesa enviando al Mesías.
Pero cuando la iglesia sale a un mundo más allá de los viejos confines del judaísmo, se encuentra con nuevos conversos que vienen de trasfondos muy diferentes. Es precisamente entre esos conversos, personas muy entusiastas y sinceros creyentes, pero apenas conocedores del contenido del mensaje bíblico, que doctrinas como las de Marción encuentran seguidores.
Por eso las iglesia pronto desarrolló todo un sistema de preparación de nuevos miembros. Frecuentemente, el período de preparación duraba hasta dos años. Durante ese tiempo los candidatos al bautismo asistían a la lectura y explicación de la Palabra, tenían clases tanto sobre doctrina como sobre moral, aprendían bien claramente la diferencia entre el mensaje bíblico y las diversas religiones y doctrinas espirituales que circulaban en su entorno...
Cuando por fin se acercaba la fecha de su bautismo, se les preparaba para afirmar su fe dándoles un resumen de lo que la iglesia creía. Ese es el origen de los antiguos credos, de los cuales hay muchos, pero todos diseñados para servir de confesión en el bautismo, y luego de recordatorio a los fieles acerca de la fe de la iglesia.
El más conocido de esos credos es el llamado Credo apostólico, que no fue en verdad escrito por los apóstoles, como la leyenda posterior afirma, sino que fue diseñado precisamente para contrarrestar el superevangelio de Marción mediante una fórmula breve que se empleaba en el bautismo, y que luego los cristianos repetían como afirmación de la fe que habían confesado en su bautismo.
En el acto del bautismo, se le preguntaba al candidato: ¿Crees en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra? Esta no era una pregunta cualquiera. Su propósito era precisamente mostrar la diferencia entre el evangelio de Cristo y los supuestos superevangelios como el de Marción, que negaban que Dios fuese el creador, y en particular que esta tierra, con sus realidades físicas, fuese creación del Padre de Jesucristo. Cuando el candidato respondía afirmativamente, se le planteaba otra pregunta acerca de Jesucristo. Esta pregunta era bastante más larga, precisamente porque era en torno a la persona de Jesucristo, y de su realidad humana, que la diferencia era más marcada entre el superevangelio de Marción y el evangelio de Jesucristo. Por último, se completaba la fórmula trinitaria mediante una pregunta, brevísima, acerca del Espíritu Santo. Esto no era porque el Espíritu no fuese importante, sino porque no estaba en discusión al momento.
En resumen, que en respuesta a los superevangelios que circulaban, la iglesia se esforzó en aclarar el verdadero contenido del evangelio, de tal modo que muchos de los teólogos de entonces profundizaron sobre las cuestiones debatidas. Pero también se ocupó de que esto fuese del conocimiento común de todos los fieles, de que todos los fieles entendiesen a cabalidad en qué consistía el mensaje del evangelio, y en qué se diferenciaba de los supermensajes que circulaban y que tentaban a los creyentes.
Poco después de los tiempos de Marción, cuando el marcionismo y otras herejías eran todavía una seria amenaza, Ireneo de Lyon, quien ministraba entre los celtas en las fronteras mismas de la civilización romana, nos informa acerca del resultado de tales prácticas: Estas personas que sin tener acceso a los documentos escritos han aceptado la fe, bien pueden llamarse bárbaros en cuanto a nuestro lenguaje. Pero en lo que concierne a la doctrina y a su modo y estilo de vida son ciertamente sabios en la fe. ...Si alguien les predicara las invenciones de los herejes, ...se taparían los oídos y se apartarían de ellos, para no escuchar tales blasfemias.
¿No será entonces que hoy, en respuesta a los superevangelios que circulan, es necesario que la iglesia, al tiempo que reflexiona y estudia profundamente sobre la diferencia entre su mensaje y todos esos falsos mensajes, también desarrolle modos de enseñarle al pueblo qué es lo que verdaderamente cree? Mucho me temo que, si los superevangelios de hoy tienen éxito, esto se debe en buena medida a que no hemos sabido enseñarles a los fieles el verdadero contenido del evangelio, y concretamente en qué difiere de esos superevangelios.
En segundo lugar, frente a los superapóstoles de entonces, la iglesia se ocupó de desarrollar métodos para distinguir entre esos superapóstoles a los verdaderos ministros del evangelio. Uno de esos métodos fue la insistencia en que el evangelio no es para enriquecerse, que tanto Jesucristo como los apóstoles sufrieron persecuciones y pobreza, y que por tanto el enriquecerse a costa del evangelio no es necesariamente señal de obediencia y de bendición, y muy posiblemente es todo lo contrario.
Pero la iglesia hizo mucho más que eso. Pronto se estableció un sistema para asegurarse de que quienes tomaban la dirección de una iglesia local eran verdaderos maestros del evangelio. Cuando un pastor era elegido por su congregación, debía escribir una extensa declaración de su fe, que era circulada entonces entre los pastores circundantes. Si éstos la aprobaban, la persona era ordenada. Y a su ordenación, en señal de esa aprobación, asistían normalmente al menos tres de esos otros pastores. Además, por encima de esos pastores locales, estaban los sínodos o reuniones regionales, que podían declarar depuesto a un pastor que faltase a la fe o a la moral.
Posiblemente ése no sea exactamente el sistema que mejor nos convenga hoy. Pero una cosa sí es segura: El buen gobierno de la iglesia es de importancia fundamental. A través de la historia, los movimientos y las iglesias que no han sabido organizarse de tal modo que se exija responsabilidad mutua, que haya modos de examinar y confirmar a los presuntos líderes, no han durado mucho tiempo.
Yo no conozco la vida interna y administrativa de las Asambleas de Dios. Pero estoy seguro de que, si en medio de las tantas denominaciones que surgen y desaparecen, las Asambleas han logrado subsistir, ello se debe a que, al mismo tiempo que se han mantenido abiertas a la acción del Espíritu Santo, también han sabido organizarse de tal modo que cualquier pretendido superapóstol pueda ser reconocido como tal.
Por último, es necesario responder, como en el caso de Marción, a las pretendidas superiglesias. Cuando digo superiglesia me refiero a cualquier iglesia que pretenda ser ella la única, la verdadera, la que de veras conoce y proclama el evangelio de Jesucristo, en contraposición a todas las demás. ¿Cómo respondió la iglesia antigua al reto de la superiglesia de Marción? Sencillamente insistiendo en que la iglesia es mucho más que un pequeño grupo con una serie de doctrinas particulares. Frente a la superiglesia de Marción, la iglesia respondió insistiendo en sus conexiones, unas iglesias con otras. Ciertamente había diferencias entre las iglesias. Así, por ejemplo, los historiadores sabemos que en muchos detalles de doctrina o de culto; las prácticas y las posturas de la iglesia en Alejandría no eran iguales a las de la iglesia en Antioquía, o las de Roma, o de Cartago. En algunos casos hubo serios desacuerdos, por ejemplo, en cuanto a la fecha en que debía celebrarse la resurrección, o en cuanto a qué hacer en el caso de personas bautizadas en algún grupo herético que ahora venían a la iglesia, o en cuanto a la restauración de los que habían abandonado la fe en tiempos de persecución. Pero aun en medio de esas diferencias, aquellas iglesias antiguas siguieron insistiendo en reconocerse mutuamente. No que las diferencias no fuesen importantes. Pero sí que ninguna de esas varias iglesias podía pretender ser la única verdadera.
No importa cuál sea su tamaño, cualquier pretendida superiglesia es una realidad una infraiglesia o, para usar un lenguaje más tradicional, es una secta. La diferencia entre ser secta y ser iglesia no está en el tamaño. Sectario es cualquiera que dice que si no perteneces a su iglesia no eres verdadero cristiano. Sectario era Marción, porque pretendía que sólo él y los miembros de su superiglesia sabían lo que era el evangelio. Porque era sectario, su supuesta superiglesia era en realidad una infraiglesia. Sectario es el hermano que dice que si no oras en cierta posición y con ciertas palabras no eres cristiano. Porque es sectario, su supuesta superiglesia es en realidad una infraiglesia. Sectario es el hermano que dice que si no te sometes al Papa no eres cristiano. Su supuesta superiglesia se vuelve entonces una infraiglesia. Sectario es el metodista, o el presbiteriano, o el pentecostal, que pretenden que si no perteneces a su grupo no perteneces a Cristo.
¿Cómo responder entonces al reto de las muchas supuestas superiglesias que surgen hoy, cada una de ellas pretendiendo ser la única verdadera, la única que de veras conoce el evangelio, la única que en realidad es apostólica? Sencillamente rechazando toda pretendida superiglesia, e insistiendo en que nosotros tampoco somos superiglesia. Somos parte de una realidad mucho mayor, de la iglesia de Cristo esparcida por sobre toda la faz de la tierra, de la iglesia de Cristo que ha tratado de serle fiel a través de los siglos de una iglesia que bien puede ser imperfecta, cuyas doctrinas y prácticas bien pueden no haber sido siempre correctas, pero que reconoce y celebra la acción y la presencia del Espíritu Santo aun en quienes no son parte de nuestra organización.
Contra tal iglesia jamás prevalecerán los superevangelios, ni los superapóstoles, ni las superiglesias, porque es la iglesia fundada sobre el fundamento de los verdaderos apóstoles y profetas, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Dr. Justo L. González

 

La tradición apostólica
Dr. Justo L. González
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