


Por
cuestiones académicas los dones pueden ser considerados en tres grupos:
Dones (de dorea, que es dar, regalar) del ministerio (o de fundación)
(Ef. 4:11-16): son para el establecimiento de la iglesia y para llevarla
a la madurez; son dados a la Iglesia como cuerpo y no a una congregación
en particular.
Dones (pneumatika) para la edificación del cuerpo local (también
llamados otros dones del ministerio o dones individuales) (1 Co. 12:8-10):
son manifestaciones específicas dados según la necesidad de
la iglesia y conforme a la voluntad del Espíritu; también
pueden ser llamados dones no residentes.
Dones (carismata) para servicio y extensión de las iglesias (Ro.
12:6-8).
Debido a los fines que ahora nos ocupan abundaremos en los dones del ministerio,
particularmente en el don de apóstol y profeta, aunque más
en el primero por razones evidentes.
DON DE APÓSTOL
Por
principio de cuentas asentemos que el orden de aparición de los dones
que describe Efesios 4 es meramente cronológico y no jerárquico.
En cuanto a los apóstoles, la Biblia Pentecostal (p. 1690) señala:
el verbo 'apostelo' significa: enviar a alguien en una misión especial
como mensajero y representante personal del que lo envía. El término
apóstol se emplea con respecto a las siguientes personas:
1. A Cristo (Heb. 3:1).
2. A los 12 que Jesús explícitamente llamó apóstoles
(Lc. 6:13); tenían autoridad extraordinaria dentro de la Iglesia
relacionada con la revelación divina y el mensaje evangélico.
Stanley Horton (El Espíritu Santo revelado en la Biblia, p. 246)
comenta: Pedro reconoció que los doce tenían un ministerio
y una responsabilidad especial (Hch. 1:20,25-26), teniendo presente, probablemente,
que los doce tendrían en el futuro que juzgar (gobernar) a las doce
tribus de Israel (Mt. 19:28). Así es como, después de la elección
de Matías, no se hicieron nuevas elecciones para ser incluidos en
el número de los doce, ni se eligieron reemplazantes cuando éstos
sufrieron el martirio (Hch. 12:2). En la Nueva Jerusalén hay sólo
doce fundamentos que llevan grabados los nombres de los doce apóstoles
(Ap. 21:14). De este modo los doce fueron un grupo limitado y desarrollaron
una función especial en la predicación, la enseñanza
y el establecimiento de la Iglesia, como también en testificar de
la resurrección de Cristo en poder. Nadie más puede ser apóstol
en el mismo sentido en que ellos lo fueron.
3. Jesús también envió a los setenta (Lc. 10:1), a
quienes comisiona con la misma voz apésteilen, del verbo apostelo.
4. Hay por lo menos otras ocho personas que son señaladas como apóstoles:
Bernabé (Hch. 14:14)
Andrónico (Ro. 16:7)
Junias, la mujer apóstol (Ro. 16:7)
Apolos (1 Co. 4:4-9)
Jacobo, el hermano del Señor (Gá. 1:19)
Epafrodito (Fil. 2:25
Silvano (1 Ts. 1:1; 2:6)
Timoteo (1 Ts. 1:1; 2:6)
5. Pablo (1 Ti. 2:7). En la obra ya citada, Horton (pp. 246-247) señala:
Sin embargo, Pablo se refiere a todos los demás apóstoles
como sus antecesores (Gá. 1:17). Cuando habla de las apariciones
del Cristo resucitado, menciona que Cristo... y al último de todos
fue visto por él, como a un abortivo (1 Co. 15:5-8). De este modo,
parece que el resto de aquellos que reciben el nombre de apóstoles
en el Nuevo Testamento también pertenecían a un grupo limitado
del cual Pablo era el último... Así, en el sentido de esta
lista, un apóstol tenía que ser testigo ocular de la resurrección
y de las enseñanzas o dichos de Jesús (1 Co. 9:1; Gá.
1:1,11-12,16-17).
Pero Efesios 4:11 y 1 Corintios 12: 28-29 establecen una continuidad del
ministerio apostólico. Francisco Lacueva (La Iglesia, cuerpo de Cristo,
p. 206) asevera: Finalmente, la palabra 'apóstol' significa 'enviado’,'mensajero’,
y, en este sentido amplio, se aplica a todo misionero. Horton (p. 248) concluye:
Seguramente, tal ministerio ha continuado a través de la historia
de la Iglesia y todavía es necesario. Además, el Diccionario
teológico de la Editorial Patmos (Claudionor Correa de Andrade),
dice: Al ser un don ministerial, según leemos en Efesios 4:8, podemos
afirmar con seguridad que los apóstoles jamás estuvieron ausentes
de la Iglesia. Aunque ya no reciban el título, siguen realizando
el mismo trabajo de aquellos campeones que difundieron, desde Jerusalén,
el mensaje del Cristo. Misioneros o apóstoles, estos héroes
de Dios siguen activos en la expansión del reino.
Por consiguiente, las iglesias asambleístas no son cesacionistas,
pero sí avivamentistas (avivar es hacer más vivo, intenso
o agudo algo; cobrar vida y vigor). De hecho, el desarrollo de la iglesia
ha ido de avivamiento en avivamiento. Por ejemplo, la Reforma protestante
del siglo XVI enfatiza la salvación por gracia, mientras que el pentecostalismo
hace más intensa la presencia del Espíritu en la iglesia,
tal como lo declara el himno 1 de Himnos de gloria y triunfo:
Dios está restituyendo
Este gran Pentecostés,
Y el Espíritu sus dones
Nos reparte otra vez.
Estos énfasis doctrinales están basadas en las Escrituras
y no en interpretaciones particulares. De ellas aprendemos, pues, que un
apóstol evangeliza, hace milagros, instruye a los conversos y establece
iglesias, pero no las gobierna. La función del apóstol consiste
en fundar iglesias, organizarlas, enseñarlas y hacer un seguimiento
de éstas para poder intervenir en caso de dificultades (Alfred Küen.
Ministerios en la iglesia, p. 215). Acerca del gobierno o dirección
de la iglesia, los siguientes pasajes resultan reveladores:
Hechos 14:23 infiere la dirección en manos de los presbyterous, constituidos
en cada iglesia.
1 Tesalonicenses 5:12 demanda reconocimiento a los que presiden o guían.
Hebreos 13:7,17,24 habla de sujeción a los egoumenon o dirigentes
(pastores en la RV), no a los apóstoles y profetas.
En efecto, Romanos 12:8 y 1 Corintios 12:28 dejan claro que Dios ha establecido
personas que gobiernen a las iglesias.
Por otro lado, aunque organizacionalmente diferentes, los concilios nacionales
tienen cierta afinidad doctrinal. Hablando de las Asambleas de Dios estadounidense,
Peter Wagner (Apóstoles en la iglesia de hoy, p. 14. Peniel) expone:
Las Asambleas de Dios de los Estados Unidos, uno de los organismos cristianos
más respetados de la actualidad, es aún más firme en
su oposición a la Nueva Reforma Apostólica. Luego de la Segunda
Guerra Mundial, el Consejo General de las Asambleas de Dios decretó,
en 1949, que “La enseñanza de que la iglesia se construye sobre
la base de los apóstoles y profetas actuales es 'errónea'”.
Esta opinión se reiteró en el año 2000; la denominación
declaró que “decir que los apóstoles y profetas deberían
dirigir el ministerio de la iglesia es una 'desviación de lo que
dice la Biblia' y 'una enseñanza errónea'”.
En todo esto, el problema parece ser el mismo de antaño: la falta
de una sana hermenéutica y de un conocimiento básico del español.
Veamos un caso típico que se presenta en la obra Apóstoles
y profetas, de Héctor Torres (Betania), a quien Peter Wagner presenta
como la más alta calidad del pensamiento actual sobre la materia
(p. 7).
1. A partir de Génesis 12:1 se inicia la sensibilización espiritual
(realmente es emocional) para un viraje teológico. Tomando a Abram
como paradigma, a-firma: Una de las cosas más difíciles para
un individuo es el abandonar o salir de donde se siente cómodo, de
donde se siente seguro, del lugar familiar (p. 13).
2. Continúa el viaje: Muchos deseamos que Dios nos hable y nos revele
sus planes para nuestra vida. Sin embargo, no estamos interesados en hacer
cambios o ajustes a nuestra vida (p. 14).
3. Hay más; ahora tomando como ariete Hechos 3:19-21, declara: En
los últimos tiempos viviremos momentos de refrigerio, es decir, un
periodo de refrescante avivamiento como resultado de un arrepentimiento
genuino, y como antesala al retorno del Señor Jesucristo, según
lo que declara el apóstol Pedro. Pero para que esto ocurra hay una
condición: es necesaria la “restauración de todas las
cosas” (p. 21).
4. Sigue, hablando de Isaías 42:22, y dice: El profeta Isaías,
al describir a un pueblo de Dios “saqueado y pisoteado, atrapado,
escondido y despojado”, parece estar hablando de la condición
espiritual de la iglesia hoy día. Esta descripción concluye
con un mandato del trono celestial, una orden del comandante de los ejércitos
celestiales: “Restituid”.
Al dar esta orden se implica que Dios pide nuestra colaboración para
lograr los propósitos que él desea alcanzar. ¡El Dios
soberano decide involucrarnos en sus planes y propósitos! Somos “colaboradores
de Dios” (1 Co. 3:9) y hemos sido llamados a continuar con la obra
que Jesucristo comenzó a hacer y a enseñar (Hch. 1:1).
A lo largo de la historia, el Señor ha estado restaurando a su iglesia
“todo” lo que el enemigo le había robado, por medio de
engaños y filosofías falsas basadas en tradiciones de hombres
y no en Cristo (pp. 22-23).
5. A continuación expone que Jesucristo designó y envió
a sus apóstoles: ...comisionados con la autoridad y el poder limitado
de un delegado y no el de un gobernante. El derramamiento del Espíritu
Santo, en el día de Pentecostés, removió esas limitaciones
y les otorga la autoridad de ser representantes de Jesús en el mundo
entero.
Al regresar al cielo, Jesucristo... repartió dones ministeriales
para que su iglesia se esparciera por todo el mundo...
Para la edificación de la iglesia, Dios estableció que el
fundamento está sobre los apóstoles y los profetas. A estos
encargó de la coordinación en el gobierno y la administración
de la iglesia; los profetas dan las instrucciones que proceden de Dios y
los apóstoles administran su cumplimiento (Ef. 2:20-22; 4:11-13)
(pp. 24-25).
6. Finalmente: De acuerdo al Dr. C. Peter Wagner, alrededor del mundo están
surgiendo afiliaciones postdenominacionales que se están entrelazando
para lo que se le ha llamado la “Nueva Reforma Apostólica”.
Este movimiento está generando los cambios más radicales en
el gobierno de la iglesia desde el siglo XVI.
No cabe duda de que Dios está trayendo estos cambios a la iglesia
para reestructurar su gobierno y así revelar nuevas estrategias.
Para lograr su objetivo de establecer el reino de Dios aquí en la
tierra, está restaurando todas aquellas verdades que se habían
perdido. Aquellos que se rehúsen a aceptar este fluir del Espíritu,
con sus nuevas y maravillosas estrategias, a la postre dejarán de
producir fruto y desaparecerán (p. 33).
Ahora bien, pongamos toda la argumentación anterior en un creyente
sincero pero despistado, que no es un lector asiduo de las Escrituras ni
amigo de los programas educativos de la iglesia, pero que realmente anhela
más del Altísimo, y el resultado es previsible: adherirá
sin mayor resistencia tal línea de pensamiento.
Pero nosotros acotemos lo siguiente:
1. Dios no siempre pide lo mismo a sus seguidores; a unos les manda dejar
todo (Mt. 19:21), entre tanto que a otros los manda a testificar a casa
(Mr. 5:19). No podemos establecer el mismo principio para todos.
2. No hay peor fatalidad que mezclar la verdad con lo falso, porque la línea
divisoria se hace imperceptible.
3. La palabra clave es la preposición hasta, que indica también
lo que falta en tiempo o en otra cosa, para llegar a un punto determinado.
Si digo: las puertas del templo abrirán hasta las seis, ¿qué
pretendo afirmar? Que las puertas se van a abrir a partir de las seis, o
que las puertas ya están abiertas y así permanecerán,
y serán cerradas a las seis. El uso popular afirmaría la primera
vertiente, pero el español más propio alude a la segunda forma.
Entonces, la renovación de que habla Hechos 3:19-21 no va a darse
sino hasta que Jesucristo regrese de los cielos; en otras palabras, con
la segunda venida de Jesús es cuando se dará también
la restauración de todas las cosas, no antes. ¡Él mismo
es el restaurador, en persona!
4. Cuando Isaías habla no se está refiriendo a la Iglesia,
está hablando precisamente de Israel. No podemos asumir totalmente
que las referencias a Israel son también para la Iglesia. Además,
Dios no ordena restituid; lo que el pasaje afirma es que nadie protesta
por tal despojo, que como lo declara el v. 24 había sido ordenado
por Jehová mismo. Por cierto que Satanás no anda por allá
robándole a la iglesia lo que es suyo: o la soberanía de Dios
lo permite o el creyente se lo entrega voluntariamente, dándole lugar
al diablo (Ef. 4:27), pero el adversario por sus propias fuerzas no lo puede
tomar. Así que tampoco hay que meterse al campo enemigo, a tomar
lo que robó; mejor hagamos confesión de pecados y contrición
para que el auténtico dueño de todas las cosas nos restituya
nuestra porción.
5. Jesús sí otorgó los dones ministeriales de apóstoles
y profetas a la Iglesia, pero no con facultades gubernamentales, sino fundacionales.
Además, como ya ha sido señalado, el orden no implica prominencia
sino cronología.
6. La nueva reforma o era apostólica no es otra cosa sino la fundación
de una denominación con visos sectarios, con identidad distinguible,
organización establecida, gobierno definido, doctrina característica,
y la típica exclusión de las sectas: sólo en mi grupo
está la verdad. De hecho, Peter Wagner, en la obra ya comentada,
declara: Las redes apostólicas parecen ocupar el lugar que en su
momento tuvieron las denominaciones, representan los nuevos odres en los
que Dios está derramando el vino nuevo (p. 81). Así, ellos
ya tienen apóstoles a los que llaman verticales (de diferentes tipos,
como apóstoles eclesiásticos, de equipo, funcionales y congregacionales),
apóstoles horizontales (de las cate-gorías convergentes, embajadores,
mo-vilizadores y territoriales) y apóstoles de múltiples ministerios
(un cajón de sas-tre, pues).
La Biblia Pentecostal (p. 1690) dice: Aunque los primeros apóstoles
que echaron los cimientos de la iglesia no tienen sucesores, la iglesia
de hoy todavía depende del mensaje y de la fe de ellos. La iglesia
debe obedecer y permanecer fiel a sus escritos originales. Rechazar la revelación
inspirada de los apóstoles es dejar de ser una iglesia según
la norma bíblica y rechazar al Señor mismo (Jn. 16:13-15;
1 Co. 14:36-38; Gá. 1:9-11). Por otra parte, creer el mensaje apostólico,
obedecerlo y protegerlo de toda deformación es permanecer fiel al
Espíritu Santo (Hch. 20:28; 2 Ti. 1:14) y garantizar la vida, la
bendición y la presencia continua de Dios en la iglesia.
DON DE PROFECÍA
Profeta
no significa primordialmen-te anunciador del futuro, sino portavoz de otro;
el profeta es el portavoz de Dios, el que proclama la revelación
que ha recibido directamente de Dios. Con los apóstoles, ellos revelaron
verdades que eran misterios en los tiempos del Anti-guo Testamento pero
que ahora son re-veladas por el Espíritu (Ef. 3:5), y de es-te modo
ayudar a colocar el fundamento de la Iglesia (Ef. 2:20). Esto implica que
se usaron verdades que más tarde que-daron incluidas en el Nuevo
Testamento (Horton, p. 248).
Así, Efesios 2:20 no se refiere tanto a un orden jerárquico
que pueda existir dentro de la iglesia, sino al fundamento doctrinal que
fue traído por revelación directa a los profetas del Antiguo
Testa-mento y a los apóstoles que recibieron el soplo divino de la
inspiración para traer-nos la Biblia que es la Palabra de Dios, es
de donde sale el fundamento doctrinal en el cual se ha sostenido la Iglesia
hoy y siempre.
Los reformadores y otros muchos teólogos evangélicos han pensado
que el ministerio de los profetas, al igual que el de los apóstoles,
estaba limitado a los primeros tiempos de la iglesia, porque sólo
veían en la profecía un medio por el que Dios transmitía
a los hombres reve-laciones de orden general. Estando és-tas ya registradas
en el Nuevo Testa-mento, el ministerio de profecía ya no te-nía
ninguna razón de ser (Küen, p. 216). En cierto sentido es así,
porque la trans-misión de las revelaciones constitutivas del evangelio
se limitó a los primeros tiempos de la Iglesia (Jud. 3), y ya no
hay nuevas revelaciones que deban completar o sustituir el Nuevo Testamento.
Pe-ro desde tiempos apostólicos había lugar para otro tipo
de profecía menos segura y que no tenía carácter normativo.
La prueba es que el apóstol Pablo pi-de que el profeta se base en
la 'analogía de la fe' (Ro. 12:6), y que se someta al juicio de los
hermanos (1 Co. 14:29). El apóstol Juan establece criterios análo-gos
(1 Jn. 4:1-3)... demuestra que bajo el Nuevo Pacto había igualmente,
al la-do de la 'profecía apostólica de revelación fundamental'
que 'garantiza un fun-damento sólido y seguro (2 Ti. 2:19), una profecía
de exhortación abierta a todos (Küen, p. 217).
No hay que perder de vista que reve-lación es la influencia divina
directa que comunica la verdad al hombre, en tanto que inspiración
es la directa influencia divina que garantiza una correcta y fiel transferencia
de la verdad en el lenguaje que otros puedan entender. Esto porque el movimiento
de apóstoles y profetas modernos está tomando el peligroso
ca-mino que en el pasado tomó la iglesia ca-tólica romana,
quien afirma tener una autoridad extrabíblica para establecer doctrina
a través de la cátedra papal y de su magisterio; es una reminiscencia
del autoritarismo eclesial. Entonces, la pre-tensión de que los nuevos
apóstoles y profetas pueden establecer principios doctrinales revelados,
incluso fuera del tenor bíblico, es una equivocación que desdice
el canon escritural.
Pero el profeta tiene una palabra inspirada por Dios para una determinada
situación y un auditorio en concreto. A-demás, cada creyente
puede recibir una palabra de profecía para responder a una necesidad
específica de edificación, de exhortación o de consolación,
que tal es el propósito fundamental de la pro-fecía (1 Co.
14:3), y ese fue el ministerio de Silas y Judas (Hch. 15:32). También
algunos profetas fueron usados para predecir el futuro, como Agabo (Hch.
11:18; 21:11), pero en ningún caso había doctrina nueva involucrada,
ni tampoco se dieron instrucciones de lo que la igle-sia debería
hacer; jamás hubo algo pare-cido a decir la suerte en el ministerio
de estos profetas, ni proveyeron un sustitu-to para la búsqueda personal
de la volun-tad de Dios.
Los que eran usados regularmente por el Espíritu en el ejercicio
del don de profecía en la congregación local son también
llamados profetas (1 Co. 14:29-32,37). La Biblia nos advierte también
contra los falsos profetas que reclaman hablar por el Espíritu y
que deben ser puestos a prueba (1 Jn. 4.1) (Horton, p. 249).
Como los profetas del Antiguo Tes-tamento, los del Nuevo Testamento te-nían
la misión de poner al descubierto el pecado, proclamar la justicia,
advertir del juicio venidero y combatir la car-nalidad y la tibieza en el
pueblo de Dios (Lc. 1:14-17). Debido a su mensaje de justicia, los profetas
y su ministerio pue-den esperar el rechazo de muchas perso-nas de la iglesia
durante los tiempos de tibieza y apostasía.
El carácter, la obligación, el deseo y la capacidad del profeta
comprenden:
A) El celo por la pureza de la iglesia (Jn. 17:15-17; 1 Co. 6:9-11; Gá.
5:22-25).
B) La profunda sensibilidad ante el mal, y la capacidad para identificar,
definir y aborrecer la injusticia (Ro. 12: 9; Heb. 1:9).
C) La aguzada comprensión del peligro de las falsas enseñanzas
(Mt. 7: 15; 24:11,24; Gá. 1:9; 2 Co. 11:12-15).
D) La inmanente dependencia de la Palabra de Dios para confirmar el mensaje
del profeta (Lc. 4:17-19; 1 Co. 15:3-4; 2 Ti. 3:16; 1 P. 4:11).
E) El interés por el éxito espiritual del reino de Dios y
la participación de los sentimientos de Dios (Mt. 21:11-13; 23:37;
Lc. 13:34; Jn. 2:14-17; Hch. 20: 27-31) (Biblia Pentecostal, p. 1691).
El ministerio de profeta corresponde, a 'grosso modo', al de predicador,
con las siguientes precisiones:
Las predicaciones han sido ilumi-nadas por el Espíritu Santo (en
el trans-curso de la preparación o en el mismo momento de la predicación.
Tienen más bien un carácter de edi-ficación o de exhortación
que de ense-ñanza.
En efecto, en todos los siglos la pre-dicación profética ha
jugado un papel primordial en las iglesias que han sido fieles al modelo
bíblico. Las épocas de avivamiento siempre han venido marca-das
por una renovación de esta predicación basada en la Palabra.
Por otra parte, vemos con cierta in-quietud que en algunas iglesias evangélicas
el tiempo otorgado al mensaje se vaya reduciendo cada vez más (Küen,
p. 218).
En otro orden de ideas, ciertos pro-fetas contemporáneos afirman
tener una palabra rema, contrapunteándola con la palabra logos. En
este sentido, el Pbro. David Gómez escribe, en un artículo
pu-blicado en el sitio de Internet de Conoz-ca (www.conozca.org), acerca
del logos y rema. Afirma que en algunas iglesias se enseña que cuando
un profeta de aho-ra da una palabra de parte de Dios a una persona, se trata
de rema, o sea, la pala-bra hablada. En cambio, dicen, la pala-bra escrita
de Dios es logos.
Pero estas palabras, aunque tienen diferente origen, en los usos del Nuevo
Testamento tienen el mismo significado: Ambas se usan para referirse a la
Palabra de Dios. En Hebreos 4:12 la Palabra de Dios es logos, mientras que
en Efesios 6:17 es rema. Rema se aplica a la Palabra escrita de Dios en
Hebreos 6:5 y Efesios 5:26. Las dos se refieren a la palabra que se predica.
Pablo ordena a Timoteo (2 Ti. 4:2) que predique la palabra (logos) y en
Romanos 10:8 dice cuál es la palabra (rema) que predicamos.
1. Ambas se refieren a la Palabra de Cristo. Pedro se acuerda de la Palabra
(rema) del Señor (Hch. 11:16). Pablo ha-blaba la Palabra (logos)
del Señor (l Ts. 2:13). Jesús hablaba remas (Jn. 6:63); los
discípulos se asombraban de sus pa-labras (logos) (Mr. 10:24. En
estos dos casos se intercambia rema y logos (Jn. 6: 60,63,68; Mr. 10:22-25).
2. El texto más claro es Juan 12:48 donde rema y logos aparecen tan
estre-chamente ligadas que no es posible que haya alguna diferencia de significado.
3. Logos y rema se aplican al evan-gelio. En 1 Pedro 1:23 es el logos el
que permanece para siempre mientras que en el versículo 25 la Palabra
(rema) es la que permanece.
4. Finalmente, los dos términos, lo-gos y rema, traducen el hebreo
dabar en la Septuaginta, indicando que los tra-ductores consideraban que
tenían el mis-mo significado.
Todo lo anterior nos lleva a asegurar que las distinciones modernas entre
lo-gos y rema carecen totalmente de funda-mento bíblico.
En suma, permanezcamos firmes en lo que hemos recibido, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profe-tas (Ef. 2:20 RV), luchando vigorosamente por la fe encomendada una vez por todas a los santos (Jud. 3 NVI), atendiendo a la palabra profética más segura (2 P. 1:19 RV); que cuando Je-sús venga por nosotros nos halle ha-ciendo así (Lc. 12:43). Amén.
Pbro. Guillermo Rodríguez
Herrera
Director Nacional de
Educación Cristiana