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La simiente se degenera o se mejora, por lo tanto, hay que encauzar a la nueva generación en el liderazgo para la expansión, trascendiendo también en el establecimiento de nuevos centros de predicación; la futura generación de líderes será mejor que la nuestra si la preparamos hoy. La juventud actual tiene la fuerza, por ello, al igual que ayer, hoy nos toca a nosotros preparar a la nueva generación de líderes para la iglesia contemporánea.

PREPARAR A LA NUEVA GENERACIÓN

Tendrá que ser una generación que conozca a Cristo
como su Salvador personal
En la novela titulada El señor de la burbuja Salvador Salazar es el personaje principal; él dice: había sido un buen cristiano, como tantos otros: creció, se adaptó como un parásito a la religión de sus antepasados... había sido cristiano sin conocer a Cristo.
Emilio A. Núñez también afirma: Esto puede decirse de millones de latinoamericanos, son “cristianos”, pero no conocen al Cristo revelado en las Sagradas Escrituras. Con mucha razón se ha dicho que el “cristianismo, es Cristo”, pero se da entre nosotros un cristianismo sin Cristo, una religión que se ha quedado con el nombre de cristiana y con algunas formas y fórmulas cristianas, pero que carece de la presencia del auténtico Cristo.

Tendrá que ser una generación cuya
proclamación sea cristocéntrica
Hoy en día abundan en el mundo político, religioso y filosófico otros cristos, según el mismo Emilio A. Núñez: ...por ejemplo, el Cristo de la revelación bíblica. El Cristo de teólogos anquilosados en dogmas arcaicos que no poseen el vigor y la frescura del evangelio, o el de los teólogos ultramodernos que pretenden encadenar al Cristo de la revelación a una ideología o a una política social.
Hay también exegetas que realizan verdaderas acrobacias con el análisis, la síntesis y la sintaxis, que a su antojo componen y descomponen el texto bíblico pero que se quedan al final de cuentas sin el Cristo de las Escrituras.
Mucho podría decirse del Cristo de la tradición latinoamericana, el Cristo de la religiosidad popular, cuya imagen se extiende a lo largo y ancho del continente, pero es un Cristo plasmado en madera, tela, piedra o metal levantado en la cumbre del Corcovado o en la cresta de los Andes; crucificado y sepultado cada año en pueblos y ciudades; venerado como un crucifijo o como el Señor yaciente en la penumbra de templos silenciosos o en la cálida intimidad de piadosos hogares.
Existe también el Cristo de la industria cinematográfica; por ejemplo, el Cristo luminaria de Broadway y de otros grandes centros de las artes escénicas: “Jesucristo superestrella”. También anda entre nosotros el Cristo rebelde cuya causa es transformar por la vía violenta las estructuras sociales, y el Cristo de los políticos que quieren usarlo como bandera en su lucha por mantener el presente estado de cosas en nuestra adolorida América Latina.
Tenemos, asimismo, el Cristo que de protestante solo le queda el nombre, porque no protesta contra nada: solo, melancólico, nostálgico, pasivo, que no altera la paz de las conciencias, que se mantiene prudentemente a distancia de los pecados de sus seguidores, en total silencio.
Todos estos “cristos” y otros que podríamos mencionar, están muy lejos de ser el que menciona las Sagradas Escrituras; nuestra responsabilidad es presentar al Cristo revelado en las Escrituras a nuestros contemporáneos.
Evangelizar es dar testimonio de Cristo; antes de ascender al cielo él dijo a sus discípulos: Me seréis testigos. El Señor nos ha dado su poder para que el evangelio sea proclamado a través de los que creemos en él. Este es el evangelio del Hijo de Dios (Ro. 1:9), el evangelio de Cristo (Ro. 15:19; Gá. 1:7), el evangelio de Jesús (Hch. 8:35). Por consiguiente, nuestra predicación debe ser cristocéntrica: Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor (2 Co. 4:5).

Tendrá que ser una generación consciente que el mensaje
es más importante que el mensajero
El mensaje es más importante que el mensajero, que los propios métodos y que los movimientos o denominaciones religiosas, porque el propósito del predicador no es promoverse a sí mismo, ni exaltar a otros personajes por más famosos que éstos sean, sino glorificar a Jesucristo el Señor.
Nuestra experiencia es importante para el terreno devocional, pero por mucho valor que tengan nuestras experiencias olas de otros hermanos en la predicación no deben ocupar el lugar que pertenece al Señor.

Tendrá que ser una generación de líderes
con corazón de pastor
La Iglesia no precisa de un liderazgo gerencial que ve lo que está en el stand, que administra cosas y se empeña por la administración de recursos pero carece de vocación y actitud para trabajar con las necesidades básicas de las personas; necesitamos una generación de liderazgo más humana y menos técnica y dogmática.

Tendrá que ser una generación de líderes
que no confunda el avivamiento
Hoy muchos confunden avivamiento con ruido; requerimos líderes que distingan el verdadero avivamiento del ruido emocional y cultural de las entidades religiosas; una generación que promueva y practique la experiencia pentecostal desde la perspectiva bíblica de hablar en lenguas como evidencia física de ser bautizado en el Espíritu Santo, así como para la edificación de cada creyente. Una generación que promueva un avivamiento basado en la Biblia más que en las experiencias personales, un avivamiento que venga de Dios, un avivamiento bajo la perspectiva de la reverencia y que sea permanente.
Tal generación de líderes que no se pierda o degenere en aras del éxito, la fama y el dinero; el bienestar económico y el éxito personal pueden ser una consecuencia pero no un fin en la vida del creyente, y estos factores no deberían alterar la personalidad del líder.

LOS RECURSOS DE LA NUEVA GENERACIÓN

Los mismos que Dios proveyó para la iglesia neotestamentaria son los mejores recursos con los que cuenta la nueva generación de líderes. Los cristianos del primer siglo e-charon mano de los grandes recursos espirituales que estaban a su alcance y se sujetaban, sin reserva alguna, a la acción de Dios (Hch 2:41-47).

El recurso de la
experiencia histórica
pentecostal
Todos los discípulos habían experimentado la transformación de sus vidas por medio de la experiencia pentecostal del bautismo en el Espíritu Santo, lo cual venía a formar una comunidad cristiana unida por una fe y una experiencia. Aunque aquella iglesia no tuviera nombre denominacional, era gente de oración que practicaba la comunión hasta el punto de sacrificar bienes terrenales por el bien común entre los hermanos y para el avance de la obra de Dios.
Esta nueva comunidad ganó la simpatía del pueblo: Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos (Hch. 2:47). Los creyentes estaban plenamente identificados con el Señor y su iglesia; no estaban ajenos a su realidad cultural, no estaban marginados del contexto social: vivían a la vista de todos como un testimonio vigente del evangelio. Entonces, la experiencia bíblica, personal y organizacional servirá a la nueva generación de líderes como referencia y soporte de su acción evangelizadora.

El recurso de la doctrina
La enseñanza bíblica cuyo propósito fundamental es la formación teológica que desemboca en fe y acción del creyente estuvo presente en la iglesia del primer siglo, lo cual permitió a la iglesia:
A) Expandir la evangelización a todo el mundo de su época.
B) Mostrar un testimonio de vida como resultado de una convicción de vida.
C) Llegar hasta el martirio por su fe.
La nueva generación de líderes tendrá que cuidar a la iglesia para no caer en un cristianismo de emoción, sin convicción, que pareciera estar en boga en algunas entidades religiosas. Los nuevos líderes procurarán que los altares de las congregaciones estén ardiendo en el fuego divino, después de cada predicación, como resultado de un mensaje poderoso de un predicador espiritual cuyo contenido presente argumentos bíblicos, contundentes, que sacudan la conciencia de quienes lo escuchen en su estilo propio, sin manipular física o psicológicamente a su auditorio.

El recurso de los medios de comunicación
La meta de los cristianos primitivos era alcanzar al mayor número de personas con el mensaje del evangelio; aunque carecían de los medios de comunicación que nosotros tenemos, obtuvieron resultados extraordinarios. La nueva generación del liderazgo para la expansión de la iglesia tendrá que aceptar el desafío de incursionar a los medios de comunicación; se trata de no olvidar el poder divino pero utilizar también la ciencia y la tecnología para predicar el verdadero evangelio

LA VISIÓN DE
LA NUEVA GENERACIÓN

De nuevo, Emilio A. Núñez señala: La iglesia del primer siglo no era una gran institución técnicamente organizada, dirigida por un orden estrictamente jerárquico, administrada por una enorme burocracia ni representada por un clero altamente “perfeccionalizado”. Las congregaciones cristianas de esa época tenían un mínimo de organización y un máximo de espontaneidad para buscar y seguir la dirección del Espíritu Santo en la vida y el ministerio del Señor Jesucristo. Así, la visión sigue siendo la perspectiva que Dios entregó desde el primer siglo, ganar almas y discipular para que a su vez ganen a otros; así el ciclo se renueva constantemente y esa es una de las razones por las que la iglesia no desaparece.
La nueva generación de liderazgo tendrá que tener la visión de crecimiento y expansión del evangelio; su meta deberá ser el crecimiento; cuando se tiene una meta se busca una metodología, pero primero es la meta y después la metodología, porque no se puede echar a andar métodos sin una visión, pero tampoco se pueden obtener resultados de crecimiento sin una metodología apropiada a la visión, a la cultura y contexto social, político y religioso del lugar. Hoy, las Asambleas de Dios de México han aprobado varios modelos de administración local, con lo cual cada iglesia puede adoptar el modelo que más se ajuste a sus necesidades; en aras de lograr la visión del crecimiento se cambian métodos de trabajo, pero sin alterar nunca los principios y valores fundamentales de nuestra doctrina. James C. Hunteer afirma: Aferrarse a paradigmas obsoletos puede paralizarnos mientras el mundo avanza.

SOMETIDOS A LA AUTORIDAD ESCRITURAL

Los líderes de Dios para una nueva era deben estar sometidos a la autoridad suprema de las Escrituras, que tal es el punto de apoyo para mover al mundo y no ser movidos por el mundo. Aquí esta el fundamento inamovible frente al ir y venir de la filosofía y ante los vaivenes de la teología: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán, dice el Señor (Mr. 13:31). Toda reflexión puede ser un juego peligroso para el cristiano cuando no apela a las Sagradas Escrituras como su máxima autoridad; una vez que se cuestione el carácter sobrenatural de la Biblia, no hay donde detenerse en la pendiente de la duda, no hay refugio contra los ataques de la incredulidad.
Vivimos en tiempos peligrosos: se están amontonando los maestros de la mentira, y se multiplicarán los falsos profetas por cuanto se avecina el regreso del Señor al mundo. El apóstol Pablo aconseja a su discípulo Timoteo que persista en la palabra y que la predica a tiempo y fuera de tiempo (2 Ti. 3:14-4:7); también a nosotros nos conviene seguir ese consejo, pero si no estamos firmemente convencidos de la autoridad divina de las Escrituras, nuestra predicación será vacía, ineficaz, y nosotros mismos seremos llevados por todo viento de doctrina. No serán los mensajes abstractos, ambiguos, dulzones y festivos los que señalarán al camino, la verdad y la vida a las generaciones venideras. Tiene que resonar, en el poder del Espíritu Santo, el así dice Jehová de los antiguos profetas, y el como está escrito en las Sagradas Escrituras.

LIDERAZGO PIADOSO

Los líderes de Dios para la nueva generación tienen que ser profunda e intensamente piadosos. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la piedad, es la virtud que inspira por el amor de Dios tierna devoción a las cosas santas, y por el amor al próximo, actos de abnegación y comprensión. Aunque la piedad se halla profundamente relacionada con la adoración y la santidad, el hombre y la mujer piadosos no son indiferentes a las alegrías y penalidades de su prójimo; su piedad es contemplativa y activa; no se cansa de hacer el bien, especialmente a los que son de la familia de Dios (Gá. 6:1).
Aunque el ser piadoso se aparta del mal, no es una asceta, no es un santurrón; ama la vida y la disfruta en nombre de Dios y para su gloria; se regocija en las obras de la creación; aprecia lo bello y lo armonioso de la naturaleza; reconoce los bienes que la gracia divina ha derramado en el mundo; no es un pesimista por profesión; evita ser negativo y farisaico; no busca sólo el lado malo de las personas y las cosas; no es un crítico destructor; sabe llorar y reír; tiene un corazón amplio para comprender y perdonar. En suma, es un verdadero creyente que conoce por experiencia lo que significa vivir por fe.
A través de los siglos los siervos de Dios que han sido instrumentos de bendición para otros han vivido piadosamente; de igual forma, los nuevos tiempos no serán una excepción a esta regla; si quieres ser un medio de bendición para tu generación tienes que vivir piadosamente (1 Ti. 4:8; 6:3; 2 Ti. 3:5,12; Tit. 2:12).

CONOCER LA REALIDAD SOCIAL

Los profetas, el Señor Jesucristo y sus apóstoles conocían a fondo su medio social y hablaron de manera pertinente a sus contemporáneos. Tenían los pies sobre la tierra. No andaban por la nubes, sin contacto con el mundo; estaban inmersos en su realidad social. Para conocer mejor nuestro contexto social no es indispensable que seamos eruditos en ciencias humanísticas, pero sí debemos preocuparnos por alcanzar un conocimiento más amplio de nuestra historia, raza, raíces culturales y aun de nuestra herencia evangélica. Necesitamos conocer también la fisonomía económica de nuestros pueblos y los problemas sociales que de ella se derivan. Qué sabemos, por ejemplo, del problema demográfico, del analfabetismo, del número insuficiente de hospitales, escuelas y viviendas; qué acerca del deterioro ecológico; cuál es básicamente la filosofía política de los partidos que participan en elecciones locales y nacionales.
El líder no puede darse el lujo de ignorar lo que acontece en su alrededor. Alguien ha dicho que no tenemos derecho a que la gente abra los oídos para recibir nuestro mensaje si nuestros ojos están cerrados a la realidad; especialmente en un mundo de cambios súbitos y profundos, el siervo de Dios debe estar al día en su conocimiento general de la sociedad en que vive.
Un líder evangélico confesó que al graduarse del seminario él sabía mucho tocante a los tiempos bíblicos, pero muy poco en cuanto a la América Latina, su propio mundo. De alguna manera debemos complementar el conocimiento bíblico con el de nuestra sociedad, para la debida contextualización del evangelio. Esto significa que el siervo de Dios ha de ser un estudiante perenne, vitalicio; los títulos colgados en nuestra pared van perdiendo su valor en el paso de los años, si no nos renovamos constantemente en nuestra vida intelectual y ministerial.

ABIERTOS AL ESTUDIO DE NUEVAS IDEAS

No debemos gastar todo el tiempo encasillándonos en nuestro propio sistema teológico, sin abrir ventanas a otras maneras de pensar. Si tenemos convicciones profundas y estamos seguros de nuestra identidad doctrinal, no tengamos miedo de oír o leer lo que otros piensan; es posible que del enfrentamiento con otras ideas se ahonden nuestras convicciones y se refuerce nuestra identidad. Seamos inflexibles en lo que nos atañe a los fundamentos de nuestra fe cristiana, pero no cuando se trate de esquemas o conceptos, de origen puramente humano; Jesús no reprendió a los fariseos por el gran respeto que tenían para las Escrituras, sino porque las tradiciones de ellos pretendían invalidar la Palabra de Dios.

FLEXIBLES EN LA METODOLOGÍA

Tenemos que hacer cambios en un mundo de cambios; ningún método humano es intocable o sagrado. Nuestras tácticas misioneras tienen que cambiar al ritmo de los tiempos; esta advertencia es necesaria hoy, especialmente para nosotros los viejos, los que vivimos de recuerdos y nostalgias, los que creemos que todo tiempo pasado fue mejor.
Un ejemplo de cambios metodológicos es lo que ha sucedido en el púlpito en las últimas tres décadas; el cambio es muy notorio en la evangelización: los comunicadores de ayer no son necesariamente los comunicadores de hoy. El mensaje es el mismo pero no la manera de comunicarlo. No sabemos exactamente cómo serán los comunicadores en los tiempos que están por venir, pero de lo que estamos ciertos es que ellos tendrán que hacer los ajustes necesarios en su metodología. En cierto modo puede decirse que no hay un método homilético con vigencia perpetua; renovarnos o morirnos ministerialmente son las opciones que tenemos por delante. Hubo un hombre que se murió a los sesenta años de edad pero uno de sus amigos dijo que debieron haberlo sepultado treinta años antes; por tres décadas había estado muerto en vida. Es posible que un siervo de Dios se muera ministerialmente a los treinta años de edad, pero que el Maestro de maestros le venga a decir como a Lázaro: ¡ven fuera!

Conclusión

Los líderes de Dios para una nueva era deben estar seriamente comprometidos con Cristo y su evangelio, y sometidos a la autoridad suprema de las Escrituras. Deben vivir piadosamente, conocer su realidad social, estar abiertos al estudio de otras ideas y ser flexibles en su método de trabajo. Con estas cualidades es posible salir airosos para la gloria del Señor y bendición de su pueblo, en el presente siglo. Mientras tanto, es menester que sigamos preparándonos a conciencia para la maravillosa tarea que está por delante; que mediante la ayuda divina seamos todos instrumentos para honra, santificados, útiles al Señor y dispuestos para toda buena obra (2 Ti. 2:21).

Pbro. Juan Jesús Pérez González
Superintendente Adjunto de la Zona Sur

Nueva Generación de Líderes
Pbro. Juan J. Pérez González
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