


Aprendí muchas cosas de cómo en la tristeza
inyectaba en mis venas alegría, y entonces decidí
que ya más nunca lloraría,
mas cómo iba a llorar si estaba muerto,
había muerto al dolor y a la alegría.
Entonces me vi solo, encerrado en la tumba de las drogas,
muerto a la vida, al pesar y a la congoja,
miré a mi alrededor y vi otras tumbas;
busqué en su interior y vi a otros muertos,
muertos al placer, al dolor y a la alegría,
pues habíase apagado el énfasis de la vida.
Oh cuánto engaño, qué triste realidad,
no tengo vida, no sé que hacer,
no tengo fuerzas, trato de escapar la realidad
de lo que soy, un muerto en vida.
No puede ser posible... oigo millones de voces melodiosas
que cantan. Pero, ¿dónde? No se. ¿Qué es lo
que veo?
¿Qué es ese resplandor? ¿Por qué yo tiemblo?
¿Y esa voz?
Yo soy la resurrección, también la vida,
si en mi creyeres, aunque muerto, vivirás.
Yo soy el pámpano de vida que fluye bendiciones a raudal,
que ha saciado al sediento con las aguas de ríos
de aguas ricas y eternal.
Yo doy vida, mas no poca,
con abundancia la tengo para dar;
la di a Lázaro, a la Magdalena,
al gadareno, a Pedro, a Jacobo, también a Juan.
Es por eso que esta vida yo te ofrezco,
para que puedas también resucitar.
Perdóname Señor, yo no pensé que
pudiese escapar de este tormento,
que pudiese existir algún remedio
que hiciera vivir después de muerto.
Te recibo Señor, y siento vida.
Recorren por mi ser las aguas vivas,
y al contemplar contigo el cementerio
veo dos tumbas, ¡están vacías!
Gracias, Señor, porque es una tuya,
gracias Señor, la otra es mía.
EMERSON MORALES