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Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado... Este salmo parece ser la oración de los que van entrando al mundo contemporáneo y encuentran tras cada sombra de la postmodernidad desafíos difíciles de solventar; sin embargo, sabemos que frente a tales retos se hace determinante mantenerse en el camino del Señor, como también el salmista dice: Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Je-hová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para inquirir en su templo. Estar en la casa de Dios puede ser conocer los secretos que hay que saber al paso de los tiempos y en un mundo cambiante; por ello afirmamos que la Palabra de Dios permanece para siempre.
Hoy, las vertientes se diluyen entre secularismo, pluralidad, subjetivismo, ética situacional, permisividad discre-cional, pragmatismo, vulnerabilidad espiritual, eclesiología anquilosada, el reino tambaleado, babel reconstruida, estratos sociales, en fin... hasta la ur-gente necesidad del cambio; todo cam-bia para seguir igual. Porque muchos hablan de cambio; en poco tiempo una serie de expertos del cambio ha difun-dido conceptos como radicalismo, neofundamentalismo, renovación, mantras, redes, innovación, metas so-fisticadas, cobertura, antidenominacionalismo, turismo religioso, centros de esparcimiento eclesiástico y simila-res. No necesariamente estamos opo-niéndonos a todo esto; sin embargo, a menos que se conviertan las grandes ideas en pasos concretos para la edificación, no tienen sentido. Sin la aplicación sabia y acertada el pensamiento innovador se desorienta, el a-prendizaje no agrega valor, la gente no se desarrolla plenamente. Lo que se obtiene es peor, el fracaso agota al gru-po y la repetición del fracaso lo destru-ye.
No obstante, lo que hemos hecho antes no siempre tiene que ser la mane-ra en que lo hagamos en el futuro, hay que tener las respuestas adecuadas a los desafíos, discerniendo los tiempos y las necesidades de las generaciones emergentes entre la población a la que Dios nos ha llamado a servirle. No se trata de que hay que recuperar el pasa-do, ni manipular el presente, sino tener el futuro en nuestras manos: ver el pre-sente y saber leer el pasado para aco-meter el futuro. De este ejercicio cual-quiera dirá que hay imperfecciones a la vista, es cierto, pero también he visto el futuro y veo a una iglesia, gloriosa y triunfante, porque ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte... Definitivamente no implica ser desleal con el pasado, sino creer que lo mejor está por venir.
En la carrera por ganar el campeonato el terreno pasado ya no es vital, salvo la experiencia y el expediente, pero lo importante está adelante. Pablo dijo: olvidando ciertamente lo que queda atrás... Prosigo a la meta. La metáfora que el gran apóstol de los gentiles usaría hoy indudablemente sería: No estacionarse.
La vida no permite estacionarse; nadie se estaciona en un lugar prohibido sin pagar una multa. Así que siga-mos manejando buscando el horizonte al que sabemos que vamos. Es necesa-rio recalcar que no hay que estacionarse en las dificultades ni en las discapacidades. Pablo tuvo muchas, pasó hambre, persecuciones, naufragios y sufrió un aguijón en la carne, pero no se estacionó. Todos tenemos dificultades y en ocasiones discapacidades, pero no deben ser causa para estacionarse.
Tampoco hay que estacionarse en los fracasos; todos hemos fracasado en alguna área de la vida: como cristianos, como ministros o como líderes, pero no hay que estacionarse en los fracasos. Hay que liberarse de la tiranía del pasado y no olvidar que hasta hoy Cristo no nos ha condenado pero sí nos pide que no fracasemos más, porque lo peor no es tanto fracasar sino estacionarse en un fracaso, lle-nándose de conmiseración y amar-gura.
En forma similar, hay que evitar estacionarse en los éxitos y logros. En ocasiones nos enorgullece nues-tra historia, las estadísticas, un pro-grama excelente o un sermón muy comentado y elogiado, pero los éxi-tos del pasado son solo eso: éxitos del pasado. Pero hay que tener visión hacia el futuro. Isaías recibió la vi-sión del futuro: Regocíjate, oh esté-ril... ensancha el sitio de tu tienda, y las cortinas de tus habitaciones sean extendidas; no seas escasa; alarga tus cuerdas, y refuerza tus estacas. Porque te extenderás a la mano derecha y a la mano izquierda; y tu descendencia heredará naciones, y habitarás las ciudades asoladas...
Creo firmemente que el siguiente capítulo glorioso del ministerio de nuestros ministros está por escribirse; tres preguntas divinas afinan la perspectiva: La primera es relacional y Dios se la hizo a Adán: ¿dónde estás tú? Tiene que ver con la posi-ción ante Dios. La segunda es de li-derazgo y recursos que Dios ya ha entregado y se le hizo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí?... alza tu vara. Y la tercera es la expresión de una visión profética y Dios se la hizo a Eze-quiel: ¿qué ves? Es el futuro.
Muestrénme una iglesia que esté frotándose las manos, escuchando los rumores y ansiosa sobre el futuro, y yo les mostraré líderes que se com-portan de la misma manera. La gente imita a sus líderes por lo que tiene que haber calma hacia dentro de sus filas. Las personas tienen que estar correctamente informadas y el nú-cleo de preocupación debe ser abor-dado sabia y estratégicamente. ¡Cuidado cuando la preocupación se basa en la ignorancia antes que en los hechos y el conocimiento de la ver-dad!
Vayamos a lo concreto, es nece-sario tener visión y no sólo vista; co-nocer la realidad emergente e imple-mentar una acción pastoral orgánica; es oportuno abordar lo urgente des-pués de que lo importante ha sido atendido; la mayordomía de los de-safíos demanda discernir las priori-dades.
Podemos orar, entonces, dicien-do al Señor: Me has traído para este tiempo y aquí estoy guiando mis pa-sos por tu voluntad, dame ojos que penetren la oscuridad, manos que aprovechen cada día y un corazón que palpite con valor, practicando lo que predica y enseña. Amén.

Pbro. Daniel de los Reyes Villarreal
Superintendente General

Por la Patria que El nos dio
Pbro. Daniel de los Reyes Villarreal
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