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Hace algunos días asistí con mi esposa e hijos al Palacio de Bellas Artes para participar de un evento genuinamente evangélico en ese lugar, or-ganizado por la Sociedad Bíblica de México. Asistieron diferentes personas como los doctores Álvaro Castro, Roberto Blancarte e Ignacio Carrillo, el Lic. Fred Álvarez, el Pbro. Abner López y los 16 miembros de la Junta de Directores de la Sociedad Bíblica, así como distinguidos líderes de diversas denominaciones, aunados a más de 1800 personas que aba-rrotaron el lugar. Celebramos sus 200 años de difundir la Palabra de Dios, bajo el lema: En un mundo cambiante LA PALA-BRA que permanece. Presenciamos con emoción y expectativa al Coro AMEN y al tenor Aarón Medrano, quienes entonaron Gloria in excelsis de Vivaldi, Panis ange-licus de Franck, Padre nuestro de Malotte, Agnus Dei de Bizet, Confortad a mi pueblo de Haendel, Sanctus de Gounod y Cerca más cerca de Schutmaat. Al regreso del intermedio nos llevaron por el Salmo 95 de Mendelssohn el cual empieza con la invi-tación: venir a adorar postrándonos, con-tinúa con el clímax en su mano está y ter-mina con el anticlímax si oyereis la voz de Dios. De no ser porque al último nos levan-taron con el clásico Aleluya de Haendel, el final hubiese sido distinto. La verdad que por un momento hablé en lenguas y varios pentecostales levantaron las manos. Vie-nen tiempos nuevos sobre la nación.
En este evento me encontré a tres sedi-centes apóstoles y al saludarnos después de breve plática les pregunté qué hacían por allá, y dos de ellos me contestaron que tenían que beber de las aguas de la música evangélica, la cual anhelaban llevar a sus redes. Me vino de inmediato la reflexión que le escuché al teólogo brasileño Gui-llermino Da Cuhna en noviembre pasado: los católicos se están “gospelizando”, los evangélicos históricos se están pentecostalizando, los pentecostales se están neo-pentecostalizando y las nuevas corrientes se quieren volver históricas. No cabe duda que es la vuelta al otro extremo pendular: ¿qué le falta a cada uno que anhela pasar al régimen experiencial de los otros? ¿Qué nuevas revelaciones tienen fascinados a los buscadores de tsunamis que ya se can-saron de surfear en las pacíficas olas del mar actual? ¿Es sano hablar de apóstoles en este siglo XXI? ¿Se dirige la iglesia a una nueva era apostólica? ¿Desaparecerán las denominaciones?
El año pasado tuvimos una reunión los superintendentes de las Asambleas de Dios del continente, y allí redactamos la Declaración de San Salvador. Me tocó ha-cer los planteamientos de la afirmación pentecostal y trabajar en la comisión que revisó lo referente a la consolidación y dis-cipulado; es verdad que en nuestra Améri-ca Latina tenemos un gran desafío de ayu-dar a nuestra gente al desarrollo pleno. Otro de los temas que se aborda tiene que ver con la vertiente de las redes apostólicas, que como estructura de poder y autori-dad espiritual están causando mucha polé-mica. Aunque en la epístola a los Corintios encontramos al apóstol Pablo autoexaltándose, también habría que revisar la larga lista de peripecias y dificultades por las que tuvo que pasar, porque son signos que lo identifican como tal, de los cuales están carentes muchos de los que hoy reclaman para sí un lugar de esta naturaleza.
El poder dictatorial es otra de las ten-taciones de los que aspiran a dirigir una cumbre apostólica. La reclamación de poder siempre tiene su propio salario que cobrar entre aquellos que se dejan seducir por esta corriente de pensamiento. La grandeza de una revelación puede ser el vínculo perfecto para decir: yo ten-go la palabra más fresca del cielo, hoy estuve más allá del tercero; si quieres saber de lo nuevo que acaba de bajar y que pronto estallará espectacularmente, tienes que hacer todo lo que te digo. Cuando uno escucha a unos o a otros, pa-rece que están hechos con el mismo mol-de, ¿será que entre apóstoles se entienden bien? ¿O llegarán a ser las grandes divisiones apostolicalistas, así como el divisionismo denominacional que tanto critican? No cabe duda que traen sus propias seducciones autocráticas.
Esto nos lleva a ver en ellos una con-fusa corrupción eclesial, porque no po-demos dejar de reconocer que iglesias que se precian de serlo y que han pasado la prueba del tiempo y las dificultades, así como la de las verdades fundamentales, se hayan perdido en un problema de-satado por el hambre de poder y corrupción. Ni qué decir del abuso sexual de prominentes apóstoles que llama la aten-ción a la par de los escándalos de obispos de la iglesia de las siete colinas. Esto es al más puro estilo de explotación de co-mercio eclesiástico espiritual que existe. Lamentablemente mucha gente adquie-re bienes de consumo místico religioso según sus propias apreciaciones, ajenos a la Palabra de Dios y las normas que de ella derivan. Ni qué decir del judas que nunca falta, ni de los que niegan la cruz de su parroquia, ni de los que huyen en medio de la persecución, ni de los méto-dos poco éticos de otros, ni de los princi-pios evangélicos que tampoco a algunos de ellos interesan. La verdad es que el tema no termina tan fácilmente ni así na-da más, por eso dedicamos este número a su análisis. Habrá que hacer foros y mesas redondas para abundar en el tema.
Platicaban dos diáconos de distintas iglesias: ¿Tu iglesia tiene cobertura a-postólica?, preguntó uno; el otro le res-pondió: sí, claro, estamos bajo el após-tol Santiago Méndez. ¿Y ustedes?, le re-plicó. Nosotros estamos bajo la autoridad del apóstol Miguel Pérez. Ah, dijo la mujer de uno de ellos, ustedes ya están como la iglesia de Corinto, bien dividi-dos por las coberturas apostólicas, y se-gún Pablo eso es carnalidad. Sin embar-go, no debemos subestimar la realidad del problema, porque cada ministro ne-cesita ser pastoreado y ministrado. Co-mo seres humanos dependemos de lo que los demás realizan. Como creyentes estamos supeditados a la supervisión espiritual para el desarrollo de una co-rrecta consolidación y discipulado. Co-mo ministros no hemos alcanzado la perfección y siempre será vivificante te-ner el apoyo, consejería, mentoría y su-pervisión de otros compañeros que al igual que nosotros están subordinados a una autoridad espiritual. Por ello tene-mos una estructura relacional bien dis-tribuida en el territorio nacional, en los presidentes de Sección, los presbíteros de Región y las directivas de Distrito. Ellos son siervos que según nuestros acuerdos imparten cuidado, consejo y asesoría en sus respectivas áreas de re-presentación y en armonía unos con otros. También tenemos auxilio entre aquellos ministros ancianos que en ver-dad lo son y que sin necesidad de título eclesiástico son excelentes consejeros ministeriales.
No cabe duda que la orientación co-rrecta dignifica a los discípulos en la ver-dad y hasta la madurez, cuando ellos tendrán que ser líderes de otros. De-bemos reconocer entonces que el estilo de vida de uno que enseña lleve el signo de la madurez en el carácter, la vocación, el trabajo, la vida cristiana y el sello de su propio ministerio. Tenemos que vol-ver al concepto del cuerpo cuyas coyun-turas están bien ligadas y se ayudan mu-tuamente. Aunque las etapas del minis-terio son diversas, cuando el desarrollo es sano y sostenido el factor relacional es excelente. La dificultad se da en la ad-versidad; allí cuando se conoce a los ver-daderos amigos. Los conflictos personales deberán ser siempre una etapa para consolidar relaciones.
Habrá que agregar que los compañeros en el ministerio necesitamos de la in-tercesión de otros, así como de su ejem-plo, enseñanza, marcación personalizada, multiplicación de relaciones, ideas desafiantes, colaboración firme y desin-teresada, confianza, estilo de vida, amis-tad, a veces, por qué no, confrontación, atención, experiencia, edificación mu-tua, mayordomía compartida, incentivos motivacionales, amor, información diversa, ayuda para superar hábitos no deseables, tiempo, discernimiento y, ob-viamente, compañerismo leal, tal como lo proclama nuestro Avance triunfal.
Si lo anterior es obvio, procuremos en la medida que nuestras relaciones mi-nisteriales nos lo permitan ser congruentes con el llamado que hemos recibido del Señor, usando apropiadamente los dones que por su gracia ha depositado en nosotros, especialmente aquellos que tengan que ver con bendecir a nuestros compañeros de milicia.

Pbro. Daniel de los Reyes Villarreal
Superintendente General

 

Por la Patria que él nos dio
Pbro. Daniel de los Reyes Villarreal
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