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Órgano que no se usa, se atrofia, reza una declaración de la fisiología, y es un hecho confirmado en la vida diaria; por ejemplo, si alguien no ejercita sistemáticamente sus músculos, éstos disminuyen su tamaño y pierden fuerza: se atrofian. Pero en realidad este principio trasciende al área fisiológica y llega más allá, aunque expresado en otras formas. Así, si un jardín no se cuida, se enyerba; lo mismo sucede con un potrero que no se atiende, se enmonta; un auto que no recibe mantenimiento se descompone pronto. Todo esto se refiere a la necesidad del cuidado continuo, permanente y sistemático para conservar las cosas, así las del cuerpo humano o las que nos rodean.

Trasladado el concepto a la educación cristiana se diría que cuando deja de atenderse o insistirse en su importancia, se diluye entre otras actividades, se pierde la perspectiva y puede ser considerada como algo accesorio o propio de grandes congregaciones citadinas. Esto no es permisible, porque la esencia de la misión de la Iglesia es la enseñanza de todas las cosas que Jesús mandó (Mt. 28:20), lo cual se consigue precisamente con un apropiado programa educativo o de discipulado.

En ocasiones la fuerza de la inercia o la imitación, consciente o inconsciente, de ministerios o modelos inapropiados pesan e impiden adoptar una estrategia de atención integral a los fieles. Por ello es necesario reflexionar constantemente en las características de la iglesia que se quiere tener, así como en la implementación de medidas para hacer una realidad la visión que el Espíritu Santo ha hecho subir a nuestros corazones, al corazón de cada uno.

En otros casos lo anecdótico puede sustituir al trabajo educativo sistemático y permanente. Así, por ejemplo, no basta con señalar que 5 años atrás se ofreció un curso completo de doctrina, ni con haber ofrecido capacitación a los maestros de la iglesia local hace 4 años; tampoco agota el concepto señalar que hace 3 años se impartió un curso para el liderazgo, porque la educación cristiana es más que una estadística del pasado: es una inquietante realidad que nos llama a afrontar el desafío de apacentar al pueblo de Dios con ciencia y con inteligencia (Jer. 3:15). No nos debemos conformar con menos, sino hasta que cada creyente asambleísta sea un siervo leal y comprometido, con un corazón como el de Dios, y capaz de evangelizar a otras personas y discipularlas, incluyendo primeramente a su propia familia. Por ello, así como incesantemente se convierten personas, se incrementa el liderazgo local y se necesitan más maestros, de igual forma se requiere que la educación cristiana sea una estrategia de discipulado permanente.

Algo peor a lo anecdótico ocurre con aquellos que asumen que por ser cristiano se recibe automáticamente el conocimiento de todas las cosas. En contraste, es una verdad bíblica que el creyente recibe su crecimiento en el seno de la iglesia, a la luz de las Escrituras y por la guianza del Espíritu Santo. No obstante, dicen que la cadena se rompe por su eslabón más débil. Veamos la razón de incluir semejante dicho: las Escrituras permanecen para siempre, el Espíritu Santo continúa su ministerio corporativo y hasta el fin del siglo, pero la iglesia... la iglesia pudiera distraerse de su alta encomienda discipuladora y enfocar indebidamente sus tareas, rompiendo con la cadena del discipulado que acarrea crecimiento, para hallar únicamente malquerencias, rencillas y divisiones.

Felizmente hay un gran número de pastores que son agentes de cambio, que se rehúsan a permanecer en la cómoda inmovilidad, que reúnen fuerzas en sus vidas devocionales para sobreponerse a la inercia, que se atreven a estructurar programas educativos aun en contra del círculo vicioso del desgano o la apatía de algunos, que no retroceden porque van en pos de la visión que gobierna sus vidas. En suma, son verdaderos protagonistas del propio avivamiento en sus vidas y en las iglesias donde ministran.

Este ministerio entusiasta y formativo es capaz de transferir sus conceptos y valores, y ha entendido que la educación cristiana es un proceso de concientización en:

el saber (Jn. 3:11)
el saber hacer (Mt. 28:19)
y el saber ser (Jn. 21:15-19)

En otras palabras, la educación cristiana no es únicamente el aprendizaje memorístico o retórico de las verdades, sino también habilitar a cada creyente para que sea un discipulador que conserve los valores éticos de la fe, en medio de cualquier circunstancia, así favorable como adversa. Dejemos que el Espíritu Santo no deje olvidarnos que en realidad la educación está en el corazón divino para formarse un pueblo santo, diferente, bien integrado, fraternal, que sea fiel a sus propios pactos con Dios, consigo mismo, con su familia y con su iglesia local.

La reglamentación de Protección Civil demanda que en los edificios públicos sean colocados en lugares visibles y estratégicos diagramas que señalan la ubicación de las salidas. Esto es así para facilitar la evacuación en casos de emergencia y evitar mayores accidentes o pérdida de vidas. Lo que estos letreros enseñan es que para llegar rápidamente a las salidas lo primero no es correr velozmente, sino detenerse por un momento para saber en qué lugar se encuentra uno. En cuanto se ubica, ya puede hallar fácilmente la salida más cercana. En otras palabras, no únicamente se necesita el sentido de urgencia para desplazarse rápidamente, sino la sabiduría para saber caminar. Tanto el que corre apresurada y desgastantemente sin saber hacia dónde dirigirse como el que no se mueve, están en serio peligro. Pero nosotros sigamos caminando con rapidez, pero también con rumbo, para seguir discipulando a cada uno de los fieles puestos bajo nuestro cuidado; haciendo esto nos salvaremos a nosotros mismos y a los que nos oyeren.

Sálvese quien pueda
Pbro. Guillermo Rodríguez Herrera
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