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Después de un largo y cansado día de trabajo, Jesús decidió que era tiempo de tomar un descanso; había enseñado en la sinagoga con sorprendentes resultados: la enseñanza refrescante del Maestro y la liberación de un endemoniado por su palabra de autoridad fueron sello y muestra del ministerio del Nazareno hasta entonces poco conocido. Así, la invitación llegó de Pedro; su casa, que no distaba mucho de la sinagoga, sería el lugar ideal para descansar o convivir, además de rememorar las experiencias recientemente vividas. Entonces Jesús, que nunca andaba solo, ante la insistencia de Pedro aceptó gentilmente, y todos de común acuerdo se dispusieron a caminar rumbo a la casa del apóstol. Hay que señalar algo que se volvería costumbre de Jesús en su ministerio terrenal: usar las casas para predicar, enseñar, hacer amigos y descansar, pero sobre todo, para hacer presente su poder salvador y sanador. Abundan ejemplos de Jesús teniendo compasión de la gente, ministrándoles en sus propias casas; tal es el caso de Jesús en casa de Simón (Mt. 26:6), o cuando visitó la casa de un principal (Lc. 5:38-43), o al siempre recordado chaparrito de Jericó, Zaqueo; todos ellos y muchos más tuvieron el privilegio de tener en sus casas el mismísimo Jesús de Nazaret, transformando sus viviendas en templos y santuarios domésticos. Así que a Jesús le resultó familiar aquella casa de ruidoso ambiente y sencilla apariencia. Las redes tiradas en el patio y los ajuares clásicos de la pesca adornaban el patio central de la casa, aumentando así el brillo del momento y la algarabía de los presentes. Todo parecía perfecto y dispuesto para pasar un buen tiempo en aquella tarde. Pero no bien terminaban de acomodarse, cuando alguien comentó a Jesús que la suegra de Pedro estaba en cama, muy enferma; Lucas, que era médico, usando un término propio de su profesión confirma que la señora tenía una gran fiebre (Lc. 4:38). Por cierto que algunas enfermedades como el paludismo, malaria o cierta clase de infecciones severas suelen ser comunes en los pueblos situados a las orillas de lagos, como es el caso del mar de Galilea, pero ahora la manifestación del poder divino habría de hacerse plena en aquella casa.
La visita de Jesús a la casa de Pedro es narrada por Mateo, Marcos y Lucas; cada uno desde su propia óptica pudo percibir detalles diferentes que acumulan riquezas y ensanchan perspectivas. Por ejemplo, Mateo resume la acción de Jesús en verbos fluidos como vino, vio y tocó. Marcos, que siempre escribe sus relatos con más fuerza y detalle, comenta que la señora estaba acostaba, que alguien le explicó a Jesús la situación y que Jesús toma la decisión de ir hasta su lecho de dolor, tomarla de la mano y levantarla. Lucas, por su parte, añade que no sólo le hablaron de la enferma a Jesús, sino que le rogaron que hiciera algo por ella. Entonces, con su perspectiva médica, pudo constatar que la fiebre la dejó después que Jesús reprendió aquel mal, y gracias a este toque milagroso la sanidad fue instantánea, trayendo nuevas fuerzas a la mujer.
La gratitud expresada por aquella mujer no se hizo esperar; lejos de quedarse en cama a reposar tomó la iniciativa que debe tomar todo aquel que es tocado por Cristo: servir, y servir bien. Su deseo de corresponder un poco de lo mucho que había recibido era tal, que su entrega hacía que fuera de un lado a otro de la casa, con radiante alegría y desbordando energía. Aquel calor que antes consumía su cuerpo fue trasformado en pasión viva que ahora inundaba su ser entero. En esa tarde de verano, en casa de Pedro, Jesús demostró que él y no la ley, era la respuesta amorosa de Dios a las necesidades humanas; que no era necesario invocar liturgias mil o acudir a un tercer mediador para lograr un favor divino, Jesús nazareno estaba tan cerca de ellos ¡en sus mismas casas!, comiendo en sus mesas, accesible para todos, dispuesto a comprender su dolor y vivir sus angustias.
A toda mujer que profese creer en Cristo sólo le queda imitar la fe y conducta de esta extraordinaria mujer. Hemos de suponer entonces que como toda suegra, no estaba sentada y de mal humor exigiendo que le sirvieran, no, la evidencia muestra lo contrario: servía lle-na de gratitud y desbordante alegría. Pedro tuvo ese día dos bendiciones a la vez: tener al Rey de reyes en su casa, y que su suegra se portara bien.
Por ello, la suegra de Pedro es singular, ya que demuestra que la esencia de la vida cristiana y su propósito es servir. Aunque no supimos cómo se llamó, ella nos enseña que para trascender en el tiempo no importa el nombre, la edad, el abolengo o la estirpe, sino las actitudes. Ella también puede ser el prototipo de las mujeres de las iglesias de hoy, que se entregan sin condiciones a una vocación de servicio, bien sea atendiendo una célula, visi-tando la cárcel, elaborando manualidades, preparando talentos o ejercitándose como intercesoras. ¡Necesitamos mujeres así, que desbordantes de amor por el Señor puedan impactar a los hogares destruidos con terapias de cariño auténtico. No obstante que no vuelve a ser mencionada, que así como llegó de rápido su sanidad así desaparece de la escena, gracias a la visita inesperada de Jesús a la casa de Pedro podemos dar cuenta de este milagro y su trascendencia como un modelo de servicio.

Pbro. Fernando Figueroa

Una suegra sui géneris
Pbro. Fernando Figueroa
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